El Ladrón de Almas

17. agosto 2016 Writing 2
El Ladrón de Almas

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Cerró su libro, lo depositó sobre la mesita y cogió la taza. Bebió tranquilo unos sorbos de aquel delicioso té, sintiendo como el líquido caliente bajaba por su garganta reconfortándole. Se levantó de su asiento y caminó hacía el gran ventanal. Apartó una de las pesadas cortinas y la aseguró a un lado, atándola con un grueso cordón dorado que estaba enganchado a la pared. Se apoyó sobre el cristal y dando otro sorbo a su taza de té observó la oscuridad de la noche en el exterior.

El cristal estaba frío, pero como estaba lloviendo no había llegado a empañarse a causa de la notable diferencia de temperatura. La lluvia caía con fuerza emitiendo su característico sonido, que fue interrumpido por el replicar de las campanas de una iglesia no muy lejana, que sonaban indicando la llegada de la media noche. Los faroles procuraban iluminar inútilmente las calles, pero la fuerte lluvia se tragaba toda su luz y la ciudad se había sumido en una espesa niebla que brillaba amarillenta, teñida por la luz que los faroles emitían en su interior. Un par de guardias hacían sus patrullas por la calle a pesar del mal tiempo. Observó sin interés lo que sucedía en las calles y al fin alzó su vista, clavándola en el oscuro cielo. Era la hora más oscura de aquella fría noche y, a pesar de que estaba próxima al luna llena, el cielo nocturno era negro como el ébano, pues las nubes de tormenta no permitían el paso de su luz. Suspiró profundamente anhelando la plateada luz de la luna y finalmente se alejó del ventanal, cerrando las cortinas de nuevo. Caminó hasta el escritorio y dejó delicadamente su taza junto al candelabro que había en esta, que era idéntico que el que estaba en la mesita que estaba junto a su sillón. Se sentó el la silla y se agachó abriendo uno de los cajones del mueble. Sacó todos los objetos del cajón, dejándolos desordenadamente sobre la mesa, y cuando lo hubo vaciado por completo dio un golpe seco en su base, abriendo con ello un compartimento secreto en el que había un pequeño libro. Con ese misterioso libro en la mano se dirigió hacia el fragmento de la estantería que estaba justo a sus espaldas y cogió un libro del estante que había a la altura de su cintura, introduciendo en su lugar aquel que había sacado del compartimento secreto del escritorio. Tras hacer esto se giró de nuevo y volvió al escritorio. A sus espaldas la gran estantería crujió sordamente y un fragmento de esta se separó del resto, girando pesadamente noventa grados, dando paso a un oscuro pasadizo secreto. Cogió su taza y el candelabro que estaba junto a esta en el escritorio y se adentró en el oscuro pasadizo. Recorrió un corto y estrecho pasillo de piedra, que solo era iluminado por las velas que cargaba, hasta que llegó a una puerta que estaba cerrada con llave. Junto a esa puerta la rocosa pared formaba una repisa recta, donde apoyó el candelabro, y con su mano libre sacó una llave dorada, adornada con mil filigranas, que lleva colgada del cuello. Abrió la pesada puerta y se adentró en el interior de aquella oculta estancia. La oscuridad en aquella habitación era aun mayor que la oscuridad de una noche sin luna, tanto que la luz de su candelabro solo conseguía iluminar unos pocos pasos a su alrededor. Sin embargo, él no necesitaba luz para moverse por allí dentro pues conocía aquella sala mejor que la palma de su mano.

En medio de la sala había una gran mesa de madera, sobre ella se encontraba abierto un libro enorme y muy viejo, sus páginas ocupadas por extraños dibujos y signos acompañados por un texto escrito en una lengua prohibida y olvidada, rodeado por montones de papeles desordenados. Varios puñales estaban clavados sobre la mesa, agujereando su superficie minuciosamente pulida, y en una esquina de esta había un cráneo humano conservado en perfecto estado. Dejó el candelabro y la taza de té sobre la mesa, junto al cráneo, y se adentró en la oscuridad de la sala. Cuando volvió a salir a la luz llevaba en su mano dos pequeños frascos de cristal fuertemente sellados. Uno de ellos estaba repleto de un líquido rojo muy oscuro y espeso y el otro tenía en su interior algo que brillaba tenuemente con una luz blanca muy pura. Apoyó el frasco brillante sobre la mesa y abrió el otro, vertiendo su contenido en la taza de té caliente, seguidamente hizo lo mismo con el otro frasco. Aquello que había en el segundo frasco cayó hasta el fondo de la taza y brilló en su interior como si fuese una estrella solitaria en medio del oscuro firmamento, pero él removió el contenido de su taza con la cucharilla deshaciendo aquella pequeña bola brillante. Bebió el contenido de su taza de un solo sorbo y, sin entretenerse más tiempo, salió de la sala llevándose la taza y el candelabro. Y, volviendo a dejar todo tal cual estaba antes, abandonó la biblioteca. El fuego de la chimenea se había extinguido y la estancia se quedó a oscuras, ocultando en su interior aquel terrible secreto.

 

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Opiniones2

  • 1
    Stefano on 17 de agosto de 2016 Responder

    Eres linda hasta para escribir ??

    Ahora bien, me he imaginado esto en una secuencia cinematográfica estilo las de hoy en día, en la que los maravillosos guionistas decidirán que vende más hacerle bailar una conga sobre un triciclo motorizado MUY ruidoso mientras efectúa todo lo que has descrito con tanto detalle.

    Tsss, ya sabes, ¡guionistas!

    Me fui por las ramas. Vuelvo a lo que estaba: ¡hermosa!

    • 2
      moonlight lady on 28 de agosto de 2016 Responder

      jajaja Me he hecho la imagen en mi cabeza, sería gracioso aunque para matarlos y mandarlos directivos al infierno.
      Por cierto, muchas gracias ^-^

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