Al Otro Lado del Espejo

Al Otro Lado del Espejo

[…]

El aire se me atragantó en los pulmones y mi corazón se detuvo durante unos instantes, aquel bosque que se alzaba frente a mi no tenía nada que ver con lo que yo había podido imaginar desde la lejana ventana de mi dormitorio. Los árboles que en él crecían eran tan altos que me sentí diminuta e insignificante bajo su oscura sombra, entre sus gruesos troncos se extendía una densa y profunda oscuridad que no me permitía ver nada a su través, pues sus tupidas copas cubrían por completo el cielo, privando el interior del bosque de cualquier fuente de luz natural. Esas copas negras y siniestras se mecían movidas por el viento hipnotizándome con su dulce contoneo.

Permanecí quieta con los ojos clavados en el negro abismo que se extendía ante mi, temiendo incluso respirar y romper con ello la paz que inundaba ese misterioso lugar. Permanecí quieta, hechizada por la desmesurada belleza de aquel lugar y por sus ingentes dimensiones, tanto que llegué a olvidar cual era el propósito que perseguía yendo allí. Atrapada bajo las sombras de los altos abetos me olvidé de moverme, me olvidé de pestañear e incluso de pensar, lo único que era capaz de hacer era observar la belleza del paisaje que se abría ante mis ojos. Pero algo ocurrió que me sacó de ese profundo letargo en el que me había sumido, algo que me devolvió la razón y que atrajo fuertemente mi atención, pues desde el interior del bosque había oído con claridad una dulce voz femenina que me llamaba por mi nombre.

Aquella desconocida voz pronunciaba mi nombre sin descanso, como esperando que acudiese a su encuentro, y yo, sin pensármelo dos veces, me adentré en el bosque con la intención de buscar a esa extraña mujer que parecía conocerme. Caminé sin detenerme sobre la tierra húmeda y mullida del bosque, caminé hasta que ya no fui capaz de ver la salida a mis espaldas, siendo muy consciente de que lo que estaba haciendo era imprudente y peligroso, siendo muy consciente de que adentrarme sola y de madrugada en ese inmenso y desconocido bosque era una idea nefasta. Pero sin embargo seguí avanzando, pues a pesar de que sabía que el peligro podía estar acechándome tras cada oscuro rincón no era capaz de sentir miedo y ni de ver el riesgo de mis acciones.

Mis pasos me guiaron por un estrecho sendero hacia las profundidades del inmenso bosque. Caminé bajo el amparo de una tenue luz plateada que conseguía colarse entre los pequeños huecos que se abrían en el frondoso techo que me cubría y que surcaban el bosque como si fuesen hilos de plata. Esos rayos de luz eran lo único que me permitía ver allí dentro, caían del cielo como rayos divinos y etéreos capaces de convertir aquel siniestro lugar en el más hermoso paisaje que debía existir sobre la faz de la tierra. Todo allí dentro parecía estar tintado en distintos matices de negro, los gruesos troncos de los abetos parecían ser esculturas de obsidiana, al igual que sus hojas, que en la oscuridad de la noche habían perdido su característico matiz azulado, la tierra que pisaba era negra como el carbón y lo mismo sucedía con todas las pequeñas plantas y arbustos que crecían bajo la influencia de los imponentes abetos; sin embargo, todo cuanto era tocado por esos finos rayos de luz parecía tornarse de plata. Me salí del sendero unos pasos para poder situarme en el camino de unos de esos hermosos haces de luz, e incluso mi piel adquirió el suave y brillante color de la más fina plata.

 

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Tenía la impresión de estar en un lugar mágico, en uno de esos mundos fantásticos sobre los que tantas veces había leído en mis libros, tenía la sensación de haber abandonado por fin la tediosa realidad en la que vivía y de pronto sentí como el opresivo peso de mi profunda melancolía desaparecía, sentí como la tristeza y la desesperación dejaban de afligir a mi alma y, por primera vez en mi vida, me sentí libre y viva. Esa agradable sensación, completamente desconocida para mi, me poseyó por completo y, sin saber porqué, empecé a reír a carcajadas mientras corría y saltaba despreocupadamente entre las plantas del sotobosque. Era una sensación que jamás había experimentado, mi corazón latía con fuerza contra mi pecho y unas dulces lágrimas de gozo brotaban de mis ojos a la vez que reía. Me sentía completa y realizada, me sentía parte de algo hermoso, me sentía parte del bosque.

Continué corriendo hacia el corazón del bosque, convirtiéndome en una hermosa hada de plata cada vez que pasaba bajo uno de los sutiles haces de luz, continué corriendo olvidándome de mis deberes y mis preocupaciones, únicamente disfrutando de la felicidad que acababa de encontrar. Continué corriendo hasta que mis pasos me condujeron a una parte del bosque que permanecía en penumbras. Me adentré curiosa en las tinieblas de esa nueva zona inexplorada viendo como, a lo lejos, un único rayo de luz penetraba en el interior del bosque. Caminé sin detenerme hasta que estuve frente al lugar sobre el que la luz incidía.

En mitad del bosque, en un lugar en el que parecía hacer años que ningún hombre pisaba, había un viejo espejo, un gran espejo plateado posado sobre la tierra.

[…]

 

 

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