Fragmento de “Los Labios Rojos de la Muerte”

Fragmento de “Los Labios Rojos de la Muerte”

Este pequeño texto es un fragmento de un relato llamado “Los Labios Rojos de la Muerte”, que es uno de los relatos que están dentro de “La Hora Más Oscura”.

Comparto el vídeo del relato narrado, y si alguien prefiere oírlo en lugar de leerlo recomiendo hacerlo con auriculares y en un ambiente tranquilo y oscuro. Es la primera vez que hago algo así, por lo que soy consciente de que aun tengo mucho que mejorar, de todas formas estoy muy contenta con el resultado.

Espero de todo corazón que lo disfrutéis!


 

Cuando abrió los ojos ya no se encontraba en aquella horrible sala en la que había sido sometido a las más crueles e inhumanas torturas, ahora estaba sumido en la más densa y profunda oscuridad. Pestañeó varias veces en un inútil intento por conseguir ver algo en el negro abismo en el que se hallaba, pero ni con el paso del tiempo era capaz de acostumbrase a semejante oscuridad. Parecía que a su alrededor no había nada, que se encontraba en algún recóndito lugar del infierno al que ni tan si quiera la luz alcanzaba a entrar. Se quedó muy quieto procurando escuchar cualquier cosa que pudiera indicarle cual era su paradero, pero lo único que llegó a sus oídos fue el silencio.

Un pensamiento fugaz cruzó su frágil mente, “¿Acaso habría muerto? ¿Y si no era más que un alma perdida olvidada en lo más profundo del averno?” Pero eso no podía ser pues seguía respirando y podía sentir los débiles latidos de su corazón que golpeaba incansable sus magulladas costillas.

Permaneció quieto tal cual se había despertado, asustado de pensar todo lo que podría rodearle en aquella oscura estancia, agudizando sus embotados sentidos con la esperanza de poder oír o ver algo. Yacía sobre un suelo de fría y dura piedra y algo parecido a unas anillas metálicas le oprimía levemente las muñecas. El ambiente de la estancia era frío y húmedo, tanto que le cortaba la garganta y le dañaba los pulmones cada vez que aspiraba el cargado aire que contribuía a crear aquel tenebroso ambiente. Poco a poco fue recuperando la sensibilidad en su entumecido cuerpo y fue invadido por un terrible dolor, recuerdo vívido de los martirios que había tenido que soportar. Podía sentir como la sangre aun brotaba de algunas heridas que debía tener en los brazos y como la mayor parte de su piel esta cubierta por sangre reseca. El tiempo pasaba, o al menos eso pensaba él, pero a su alrededor nada cambiaba, la oscuridad no se disipaba y nada osaba interrumpir aquel incómodo silencio.

Finalmente no pudo más y, en un momentáneo ataque de valentía, se levantó del suelo en el que yacía. Aquello que le oprimía las muñecas eran dos gruesas cadenas de hierro oxidado que cayeron pesadamente al suelo emitiendo un fuerte ruido que sonó repetidas veces en la distancia a causa del eco. Aquel ruido lo dejó helado y durante unos minutos volvió a petrificarse por el miedo, temiendo haber despertado a alguna horrible criatura. Pero nada ocurrió y, pronto, el silencio volvió a invadirlo todo. Dejó de temblar sintiendo lástima de sí mismo por la forma en la que se había dejado dominar por sus fantasmas y, recobrando el valor, empezó su marcha por el misterioso lugar en el que estaba preso.

Caminó cauteloso en línea recta hasta que sus manos alcanzaron un irregular muro de piedra parecido al suelo que pisaba. Debía de estar en algún tipo de mazmorra, pensó, mas no era capaz de recordar como había llegado allí. Arrancó un pedazo de la harapienta túnica con la que iba vestido y lo enganchó en un hueco que se abría entre dos gruesas rocas más o menos a la altura de su cintura. Se desplazó despacio hacia su izquierda sin separar en ningún momento sus manos del muro de piedra y, a paso lento, fue recorriendo la estancia palpando las paredes que lo encerraban. La recta pared por la que se desplazaba giró de pronto en un ángulo recto y se continuó durante otro largo tramo antes de volver a girar en un ángulo similar, lo que le hizo pensar que se encontraba en una habitación cuadrada. Siguió por esta tercera pared, y cuando esta terminó en el mismo giro que las anteriores la piedra se cortó súbitamente, dando paso a unos gruesos barrotes de frío metal. Fue apoyándose uno a uno sobre todos los barrotes, con la esperanza de que alguno de ellos cediera dejándolo libre, pero antes de que esto sucediese los barrotes terminaron en un giro de noventa grados que lo devolvió de nuevo a los muros de piedra. No tuvo que avanzar mucho más para volver a encontrar el jirón de tela que había enganchado entre las rocas antes de empezar a andar y cayó al suelo abatido sin ser capaz de conservar ni un solo ápice de esperanza.

Estaba solo, enjaulado como una bestia y era muy consciente de que pronto sus verdugos volverían a por él para continuar con su eterno tormento. En lo más profundo de su corazón no pudo evitar desear que ese pensamiento, que antes le había aterrado hondamente, hubiera sido acertado, no pudo evitar desear haber estado muerto, pues de esa forma su larga agonía habría llegado ya a su fin. Se encogió en el suelo sin poder reprimir el llanto y un ahogado lamento se escapó de sus labios. Tembló violentamente, no sabía si por frío o por miedo, y con rabia se tapó los oídos pues ese profundo e insoportable silencio, que solo era interrumpido por las cadenas de sus brazos, le estaba desquiciando. Su corazón latía cada vez más rápido, resonando con fuerza en sus oídos. Sus golpes rítmicos eran lo único que era capaz de oír, sonando cada vez más rápido y más fuerte. Esos sordos y constantes latidos lo invadían todo, sonaban con tanta fuerza que estaba seguro de que todos los espectros que lo acechaban en las tinieblas era capaces de oírlo tan claro como lo oía él. Y poco a poco fue perdiendo la calma. Se levantó del suelo desquiciado y caminó nervioso hasta el centro de su celda, arrastrando tras de sí las pesadas cadenas que lo mantenían preso, y allí cayó de rodillas desamparado. De lo más hondo de sus pulmones brotó el más desgarrador de los gritos jamás oído antes de susurrar abatido.

 

“Ruego al dios que fuere que libere a mi pobre alma de este tormento mortal.”

 

Pero sus plegarias no fueron escuchadas y la única respuesta que obtuvo fue el silencio, un silencio aun más siniestro de lo que antes era. Volvió a hablar, esta vez con una nueva resolución y la voz clara.

 

“Mi castigo es injusto, pues yo no he obrado el pecado que se me atribuye. Sin embargo, ya me trae sin cuidado si por esto he de arder en lo más profundo del infierno, tan solo ansío abandonar este torturado cuerpo.”

 

Justo tras pronunciar su ferviente deseo un rayo cayó del cielo, iluminando con su luz azulada la estancia en la que se hallaba. La tenue luz del relámpago se coló por una pequeña y alta ventana que había en su celda, no duró más que unos instantes, pero fue suficiente para permitirle ver en que clase de lugar se encontraba. El suelo, de piedra negra al igual que las paredes, estaba manchado por doquier con grandes charcos de sangre reseca y profundos zarpazos, que sin embargo parecían haber sido hechos por el hombre, lo surcaban de lado a lado. Siniestras figuras demoniacas habían sido pintadas en las paredes con la misma sangre seca que se había derramado por el suelo y, en una de los muros que estaba junto a la puerta de su celda, había una misteriosa inscripción tallada en la roca casi al nivel del suelo, “Solo Ella te puede salvar”, decía. Alzó su mirada y vio, colgadas en el alto techo, varias jaulas oxidadas en las que habían sido apilados un sin fin de esqueletos humanos. De ellas pendían invertidos un gran número de murciélagos negros como la noche que, despertados de su letargo por el estruendo del rayo, volaron hacía donde él estaba, emitiendo sus chillidos infernales, antes de ascender nuevamente y escapar por la ventana. La sangre se le heló en el cuerpo al ser consciente del siniestro lugar en el que estaba.

Volvió a quedarse solo y todo volvió a la aparente tranquilidad imperturbable que caracterizaba aquel lugar, pero algo había cambiado y él era muy consciente de ello. La oscuridad había vuelto a apoderarse de esa maldita estancia y, sin embargo, la vista que le había devuelto la luz del rayo no le abandonó y ya no pudo librarse de la visión de ese entorno de pesadilla. Ahora añoraba el profundo silencio que antes tanto había detestado, pues a sus oídos llegaban lejanos lamentos del más allá y pesados pasos que parecían acercarse lentamente arrastrando unas cadenas mucho más pesadas que las suyas.

Un nuevo terror se apoderó de él petrificándolo como una estatua, temía profundamente que su desesperada plegaria hubiera llegado a oídos del ser equivocado. Permaneció inmóvil lo que le parecieron años, escuchando esos aterradores lamentos que se le acercaban poco a poco, sintiendo como si las puertas de averno se hubiesen abierto para él. Una leve corriente de aire frío sopló a sus espaldas y, con la sensación de que alguien había pasado tras él, se volvió asustado, rezando por no encontrarse con ninguno de esos seres condenados que arrastraban sus cadenas no muy lejos de donde él estaba. Pero al girarse no vio nada, todo allí permanecía igual que antes y sin embargo tenía la amarga sensación de estar siendo vigilado. La ráfaga de aire frío sopló de nuevo tras él y él dio vueltas sobre sí mismo, sabiéndose en peligro. Sintió que se le paraba el corazón, sintió que moría de terror cuando llegaron a sus oídos de forma clara cientos de voces que susurraban palabras incomprensibles para él. Pero de todas ellas una destacó alta y clara, antojándosele como si le estuviera susurrando al oído.

 

“Te estamos observando.”

 

Otras muchas se sumaron a esta primera voz fantasmal, repitiendo a destiempo, vez tras vez, la misma siniestra frase. Otra voz destacó de nuevo y de la misma forma fue seguida por las demás.

 

“Te estamos esperando.”

 

Aquel caos de susurros aterradores le horrorizó hasta un punto que creía imposible de soportar y, sin ser consciente de sus actos, caminó en círculos por su celda moviendo los brazos violentamente procurando silenciarlos con el ruido de sus cadenas. Mas todo fue en vano, aquellas voces espectrales resonaban con fuerza en su cabeza.

 

“Ven con nosotros. Quédate con nosotros.”

“Nos perteneces.”

 

Tembló más de lo que lo había hecho nunca, pues esa última voz había sonado tan cerca que había sentido el aliento de quien la había pronunciado en la nuca y, a pesar de que no había sido más que un susurro, le había parecido como el más aterrador de los lamentos pronunciado con total certeza. Cayó al suelo abatido, ya no había esperanza para él, y se tapó con fuerza los oídos deseando dejar de escuchar aquellas voces de ultratumba que lo torturaban.

Pero algo cambió de nuevo devolviéndole un pequeño atisbo de esperanza. Pudo oír indudablemente un ruido que pertenecía al mundo de los vivos, y no al de los muertos, pudo oír como las puertas que conducían hacia su confinamiento se abrían con el roce de un llavero repleto de pesadas llaves oxidadas y como alguien se acercaba a él arrastrando los pies con desgana. Permaneció arrodillado en el suelo completamente inmóvil, ignorando aquellos tortuosos susurros y centrando toda su atención en su nuevo visitante. Aquel extraño se acercaba lentamente y él esperó paciente a que se asomara a la puerta de su prisión.

Finalmente pudo ver a aquel que había bajado a las mazmorras, este lo observó cauteloso desde el otro lado de los barrotes de metal, reticente a acercarse a la puerta. Pero no le quedaba otra opción, llevaba en sus manos una bandeja de porcelana barata con un mendrugo de pan duro y una jarra de agua que debía llevar al preso. Miró entre las greñas de su alborotada melena como aquel extraño se acercaba cauteloso a la puerta y, antes de que pudiera siquiera agacharse para dejar la bandeja en el suelo, se abalanzó sobre él con una velocidad y una agilidad impropias de un hombre torturado y moribundo. El hombre asustado dejó caer la bandeja al suelo y esta se rompió en mil pedazos que se esparcieron por doquier. Lo agarró con fuerza por sus vestiduras y tiró de él, quedando ambos frente a frente, solo separados por los gruesos barrotes que lo mantenían preso. Lo miró fijamente con los ojos desorbitados y la cara desfigurada por el terror y la locura.

 

“¿Por qué no me matáis ya? Confesaré tanto como queráis, pero poned fin a esta agonía.”

 

Sus fuerzas eran escasas y el otro hombre no tuvo dificultades para librarse de él y se alejó tanto como pudo del preso. Algo había cambiado en aquel hombre que el día anterior parecía tan entero incluso sometido a las peores torturas imaginables.

 

“¿Acaso no oyes sus voces? ¡Vienen a por mi!”

 

Sintió lastima por el pobre preso, sin duda alguna había perdido la cabeza, y no pudo evitar contestarle compasivo antes de salir corriendo de la tenebrosa estancia.

 

“Aquí no resuena voz alguna, lo único que se oye es el silencio.”

 

Abatido se dejó caer al suelo sin soltar los gruesos barrotes de su celda, viendo como aquel extraño se alejaba corriendo en la oscuridad abandonándolo a su suerte. ¿Cómo podía no oír el espeluznante ruido que hacían aquellos espectros que iban a por él? ¿Cómo podía ignorar los funestos presagios que aquellos susurros acarreaban? Estaba solo de nuevo y esos aterradores susurros sonaban tan cerca que tenía la sensación de que pronto sería devorado por los entes fantasmales que los proferían. Sin embargo todos callaron de golpe cuando una voz clara habló para él, una voz femenina que, a pesar de que seguía siendo no más que un susurro aterrador, se le antojó seductora.

 

“Gael, ¿por qué me temes tanto?”

 

Se giró sobresaltado, pues aquel espectro había pronunciado claramente su nombre, y, al hacerlo, vio una figura oculta por un negro manto que se alzaba imponente frente a él. El espectro lo miraba inmóvil oculto bajo una negra túnica que lo cubría de pies a cabeza, un gran capucha caía sobre su rostro, si es que lo tenía, ocultándolo por completo, y sus faldas largas se arrastraban por el suelo, al igual que sus mangas, ocultando sus miembros. La quietud de la figura era tal que Gael empezó a pensar que no era real, que era producto de su torturada mente, pues ni siquiera se movía para respirar. Y finalmente reunió el valor suficiente como para hablar.

 

“¿Quién eres?”

“Yo soy aquella a la que más deseas, soy la única que puede salvarte.”

 

El espectro habló de nuevo con esa inconfundible voz de mujer, pero manteniendo la quietud propia de una estatua. Gael aguardó silencio repitiendo mentalmente las palabras que había dicho, hasta que al fin entendió.

 

“He escuchado tus plegarias y he venido a liberar a tú alma.”

“¡Hazlo ya! No quiero seguir viviendo.”

“Para ello has de estar muerto y yo no puedo matarte.”

 

Mientras pronunciaba estas últimas palabras la figura fantasmal al fin se movió, alzó su brazo y con un dedo invisible señaló los muchos fragmentos de porcelana rota que había esparcidos por el suelo. Gael miró a donde le indicaba y en un instante entendió lo que el espectro pretendía decirle.

Todo el miedo y el pesar abandonaron su cuerpo a la vez que aquel nefasto propósito era introducido a la fuerza en su cabeza y, movido por renovadas fuerzas, se arrastró por el suelo hasta que consiguió alcanzar un pedazo de la bandeja rota bastante grande y afilado. Se levantó y caminó hasta situarse frente al espectro, que se había movido y ahora estaba en el centro de la celda. Miró fijamente a aquella que debía llevarse su alma y, sin titubear ni un instante, presionó la mortífera punta del fragmento de porcelana contra su garganta propinándose un fino y profundo corte que pronto empezó a sangrar.

Se quedó inmóvil, sintiendo como la muerte tomaba posesión de todo su ser. Varias gotas de sangre cayeron del arma letal al suelo de piedra de la celda e instantes después ya no tenía fuerza para sujetar el arma que le había quitado la vida y la porcelana se le escapó de entre los fríos dedos estrellándose contra la roca. El tiempo parecía haberse detenido y, a pesar de que estaba muriendo, no sentía dolor.

Cayó al suelo sin fuerzas y, con la vista borrosa, pudo ver como la muerte se retorcía y se transfiguraba ante sus ojos, transformándose finalmente en una espiral de humo negro que se desvaneció. Una carcajada siniestra que resonó imponente y lo sobrecogió instantes antes de que se le escapara el último aliento de vida.

 

Los susurros habían cesado, al igual que los lejanos lamentos de los espectros que caminaban arrastrando sus cadenas, y los calabozos se sumieron de nuevo en el silencio sepulcral que en ningún momento había sido realmente interrumpido.

 


 


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