Sus Ojos en la Lluvia

26. noviembre 2016 Writing 0
Sus Ojos en la Lluvia

Llevaba ya unos días lloviendo con una fuerza descomunal, con una fuerza incluso impropia de un pueblo oscuro y lluvioso como aquel, y durante todo ese tiempo los recuerdos de ella habían vuelto a atormentarlo. Durante ese tiempo había descubierto que lo recordaba todo de ella, como si a penas hiciera unos minutos que no la veía. Todos sus recuerdos habían revivido, como sacados a flote por la ingente cantidad de agua que caía del cielo, y el dolor de su pérdida había vuelto a apoderarse de su corazón, cobrando más y más fuerza con cada instante que pasaba. Si cerraba los ojos podía verla sonriendo, mirándole dulcemente con sus grandes ojos oscuros, podía oír su dulce voz al llamar su nombre; pero sabía que no era real, sabía que ella ya no estaba y que nunca más iba a volver. Caminó por la casa desierta sintiendo como su corazón se desgajaba cada vez que pensaba en ella, sintiendo como todo su ser iba muriendo lentamente por no poder volverla a tocar.

Se adentró en el estudio, donde tantas horas había pasado durante los días lluviosos sentaba bajo la ventana leyendo, acompañada por el incesante sonido de la lluvia. Era la primera vez desde su partida que abría esa puerta y al hacerlo pudo verla una vez más sentada bajo la ventana. Una sensación extraña se apoderó de él, una sensación que nunca antes había sentido y que hizo que se sobrecogiese. Ella estaba ahí, a pesar de que no era capaz de verla sabía que estaba ahí, podía sentir su presencia, podía oler su dulce aroma, podía sentir su añorado tacto, sus leves caricias en su rostro. Su corazón latía desbocado y un escalofrío recorrió su espina dorsal al sentir de nuevo su abrazo.

Las lágrimas se acumularon en sus ojos durante unos segundos antes de derramarse por sus mejillas y él, por primera vez, se sentó bajo la ventana, en el mismo lugar en el que se sentaba ella, y dirigió su mirada al exterior. La lluvia caía con fuerza y sus gruesas gotas recorrían el frío cristal al igual que sus lágrimas lo hacían por su rostro. A su lado, un libro viejo meticulosamente cuidado, yacía inmutable, esperando a unas manos que jamás volverían a sostenerlo, a unos ojos que jamás terminarían de leer sus páginas. Que ironía tan cruel que se tratase de la tragedia de “Romeo y Julieta”. Cogió el libro con sumo cuidado y lo abrió por donde el marca-páginas le indicaba, leyendo palabras que ella nunca llegó a leer. Pero no pudo, a penas leyó dos líneas antes de que su corazón se derrumbase. No era justo, no era justo que ella se hubiera ido y él aun estuviera allí, no era justo que él pudiese leer esas palabras y que ella no fuese a leer nada nunca más. Su corazón se partió y las lágrimas se acumularon en sus ojos impidiéndole ver nada, impidiéndole seguir leyendo. Cerró el libro de golpe y lo apretó contra su pecho, encogiéndose sobre sí mismo y llorando todo lo que no había sido capaz de llorar hasta entonces.

 

Salió a la calle, donde la tormenta rugía furiosa en el cielo. A penas había nadie a su alrededor. El viento soplaba tan fuerte y la lluvia era tan abundante que en cuestión de segundos estaba completamente empapado. La lluvia pronto mojó su rostro, ocultando sus amargas lágrimas. Se abrochó bien la chaqueta, protegiendo el libro en su interior y comenzó a caminar por las desiertas y encharcadas calles sin saber muy bien a dónde le conducirían sus pasos. Caminó sin paraguas, tal cual hacía ella.

¿Cuántas veces le dijo que le encantaba sentir la fuerza de la tormenta? ¿Cuántas veces dijo que el agua de la lluvia se llevaba su tristeza? ¿Cuántas veces caminó sola por las calles desiertas empapándose con la lluvia, disfrutando de la soledad y la melancolía de los días lluviosos?

Cada gota de lluvia que rozaba su piel se le antojaba como una de sus caricias, cada gota le recordaba a ella, pues siempre le había parecido poder ver sus ojos en la lluvia. Caminó sin poder dejar de pensar en ella, en todas sus rarezas y peculiaridades que hacían que la amara más de lo que pensaba posible y que ahora le provocaba un dolor que le resultaba difícil de soportar. Caminó mirando como las gotas caían sobre los charcos dibujando ondas concéntricas, sintiendo como la lluvia caía incesante del cielo, sintiendo como si los ángeles llorasen por ella tanto como lo hacía él.

 

“El amor no es más que encontrar a alguien cuyos demonios se lleven bien con los tuyos”. Eso le dijo ella mucho tiempo atrás, lo recordaba bien, pero desde que la perdió supo que no era cierto, al menos no para él. Sus demonios eran diferentes, eran mucho más agresivos, mucho más letales. Para él el amor era encontrar a alguien que fuera capaz de vencer a sus demonios, que fuera capaz de someterlos y acallarlos, esa solo podía ser ella y ella se había ido.

 

Caminó ausente y en silencio hasta que sus pasos lo guiaron hasta el lugar que había temido visitar durante todos esos meses, hasta que sus pasos lo guiaron hasta ella. Pudo leer su nombre escrito sobre la piedra, pude ver claramente la inscripción sobre la austera lápida bajo la que ella yacía. Era real, muy real, ella se había ido para siempre. Se dejó caer de rodillas junto a su tumba sin la más mínima intención de reprimir sus lágrimas. Se arrodilló junto al lugar en el que ella yacía, y sin importarle ni la lluvia ni el frío, sacó el libro y comenzó a leer en voz alta por el lugar por el que ella se había quedado. Leyó sin detenerse hasta que llegó a la muerte de los amantes y no fue capaz de leer más.

El dolor que sentía era tal que tenía la seguridad de que su corazón no lo aguantaría por mucho tiempo. Cerró el libro y lo posó sobre el mármol que la cubría antes de dejarse caer sobre él.

 

“¿Por qué te tuviste que marchar? ¿Por qué tuviste que dejarme solo en un sitio como este?

Tú, que eras mi luz y mi vida. Tú, que eras mi único impulso para seguir adelante. Tú, que eras lo más hermoso que había en el mundo, la única que hacía que todo tuviera sentido para mi.

No he podido olvidar el frío de tu cuerpo la última vez que te abracé, pues se me ancló al corazón. No he podido superar el dolor de tu pérdida. No he podido avanzar, sigo atrapado en el instante en que moriste en mis brazos.

¿Dime qué hago con todos los ‘te quiero’ que no podré decirte? ¿Dime qué hago con esta vida que tengo y no deseo?”

 

Las palabras salían quebradas de su garganta, quebradas por el torrente de lágrimas que no era capaz de frenar y por el mortal dolor que lo invadía, por la tristeza, por la soledad, por el vacío que su pérdida había creado en su interior. Se recostó sobre la lápida sin fuerzas para separarse de ella nunca más.

 

“Por favor, ven a buscarme.”


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.