El Rey de los Caídos, Introducción

04. enero 2017 Writing 0
El Rey de los Caídos, Introducción

Al abrir los ojos descubrí que nada había sido un sueño, que seguía atrapada en aquella oscura y descomunal mansión que al principio se me había antojado de ensueño y que ahora me parecía sacada de la más aterradora pesadilla. Estaba tumbada en una gran cama mullida rodeada por un sin fin de almohadas blancas de todos los tamaños y arropada por unas gruesas sábanas de color púrpura, al igual que las largas cortinas de terciopelo que cubrían mi lecho. La tenue luz de un amanecer nublado se colaba por una pequeña rendija que se había formado entre las cortinas que cubrían el gran ventanal que daba al jardín y me había despertado al incidir sobre mi rostro. Permanecí quieta un buen rato con la mirada fija en el alto techo de la estancia en la que me hallaba, sintiendo en mi interior un deseo irrefrenable de huir que, sin embargo, no podía llevar a cabo debido a mi deplorable estado físico. A penas tenía fuerzas ya ni para incorporarme en la cama, a penas me quedaban fuerzas ni para respirar.

Hice acopio de las pocas energías que había conseguido reponer tras toda una larga noche de sueño, me levanté de la cama y caminé lentamente arrastrando los pies hasta el gran espejo que ocupaba la mayor parte de una de las altas paredes de la habitación, la que se encontraba frente a mi lecho. Miré fijamente mi lamentable reflejo, consciente de cómo la sombra de la muerte se reflejaba en mi rostro, no iba a poder aguantar mucho más. Mis hondas ojeras, mis mejillas hundidas y mi enfermiza y escuálida figura contrastaban fuertemente con mi abultado vientre. Aquella criatura que crecía en mis entrañas era la semilla del mal, aquella criatura era una abominación que crecía cual parasito alimentándose de mi energía y drenando mi vida, una abominación que iba a consumir cuanto quedaba de mi, que iba a devorar hasta mi alma. Desnuda frente al espejo pude ver como mi piel se había tornado tan clara que podía intuir las venas azuladas que pasaban bajo ella, pude incluso ver las sombras de las alas negras del pequeño demonio que crecía en mi interior.

Suspiré profundamente sin saber que hacer, siendo consciente de que ya no había vuelta atrás. Todo lo que me había sucedido era causa de mis propios actos y ya no me quedaba más que esperar al trágico desenlace.

Un fuerte mareo se apoderó me mi y asustada me apoyé en la pared, pues sentía que estaba a punto de perder el conocimiento. Sentada en el suelo esperé paciente a que el malestar cesase, esperé a que la visión volviese a mis cansados ojos y entonces me levanté de nuevo. Pude notar como un líquido caliente y viscoso goteaba de mi nariz, como mi garganta se llenaba con el desagradable sabor de la sangre y, asustada, me llevé la mano a la cara mientras me volvía a plantar frente al espejo. Gruesas gotas de sangre goteaban sin cesar de mi nariz, derramándose por mi rostro y mi cuerpo, finalmente estrellándose contra el suelo donde pronto formaron un charco carmesí. Estaba sangrando sin cesar, no solo por la nariz sino también por los oídos, y el dolor más insoportable e intenso que jamás había sentido me dobló por la mitad apoderándose por completo de mi frágil cuerpo, caí al suelo luchando desesperadamente por seguir respirando. Me vi reflejada en el espejo encogida y patética, sin poder ni siquiera gritar a causa del dolor, vi como la criatura que habitaba en mi interior se iba moviendo en mi vientre. Pude sentir como me desgarraba por dentro, como poco a poco iba buscando su caminó al exterior, pude sentir como robaba los últimos remanentes que me quedaban de vida y como me arrancaba el alma.

Finalmente todo se volvió negro, indicando que mi larga agonía había llegado a su fin.

 

[…]


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