El Árbol del Ahorcado

09. marzo 2017 Writing 0
El Árbol del Ahorcado

No escribo esta carta como un modo de justificar mis actos; no busco dar un razón a esto que voy a hacer, a esto contra lo que tanto tiempo he luchado y sobre lo que tanto he estudiado e investigado; no pretendo con ella conseguir comprensión ni compasión, no lo deseo, y desde luego que no busco plegarias por mi alma condenada. No, no quiero nada de eso pues no soy infeliz ni desgraciado, no estoy coartado ni amenazado, yo me dirijo al patíbulo de forma libre y consciente, muy seguro de lo que me dispongo a hacer y feliz de poder llevarlo a cabo.

Lo cierto es que no se muy bien el objetivo que persigo al escribir esta carta, simplemente he sentido la necesidad de plasmar mi historia y mis hallazgos en papel en estas últimas horas que me quedan de vida, quizás persiguiendo ese estúpido deseo de que, al menos algo de mi, quede para la posteridad.

Seáis quien seáis, cuando leáis esto yo ya estaré muerto, puede que incluso siga colgado del Árbol del Ahorcado. Seáis quien seáis ruego que hagáis buen uso de mis palabras, de mis conocimientos, descubrimientos y decisiones, puede que para seguir mis pasos o puede que para evitarlos, para evitar que vuestra vida termine de una forma tan súbita y trágica como va a terminar la mía.

En fin, dicho esto me dispongo a relatar mi historia, si os sentís capaz de seguir leyendo girad la página, si sentís interés por conocer los detalles de mi vida, o mejor dicho, de mi muerte girad la página; pero si lo vais a hacer, dama o caballero, hacedlo bajo vuestra propia responsabilidad, pues os puedo asegurar que mis palabras no van a dejaros indiferente.

 

Ahora que me paro a pensar no sabría decir cuándo comenzó todo esto, no sería capaz de señalar un momento preciso, pero sí soy capaz de identificar qué fue lo que lo inició. Y es que, sin saber porqué, yo sentía una gran fascinación por la mente humana, puede que a raíz de mis estudios en medicina o puede que desde mucho antes, puede que desde incluso antes de ser concebido. Yo sentía una gran fascinación por la fortaleza y, al mismo tiempo, por la fragilidad de la mente humana. Pero lo que más me fascinaba, lo que más me inquietaba, era aquello que parecía cambiar de pronto en la mente de algunos individuos y que, de un día para otro, les hacía desear la muerte de tal modo que incluso llegaban a cometer suicidio.

Esta obsesión, que algunos consideraran insana, fue, en cierto modo, la que guió mi camino. Esta obsesión fue creciendo en mi interior, pues por más que estudiase, por más que investigase, nunca conseguía encontrar una explicación que me convenciese, tras todo el tiempo que le había dedicado ese seguía siendo un misterio que no había sido capaz de resolver.

Desde el día en que acabé mis estudios hasta hoy mismo he estado trabajando en el hospital de Kimbosh, un sanatorio o un manicomio, como prefiráis llamarlo; un lugar completamente opuesto a esas clínicas sacadas de las más aterradoras pesadillas, que más bien parecen salas de tortura, y que la gente se imagina al pensar sobre este tipo de hospitales. Un lugar tranquilo alejado del bullicio y el ajetreo propio de la ciudad, en el que se respira paz y tranquilidad y el aire fresco del monte llena los pulmones. Un lugar en el que, una vez que los pacientes han sido estabilizados, se les permite desplazarse libremente por el recinto, conviviendo con los médicos, enfermeros y demás personal sanitario. El hospital de Kimbosh es, sin duda, el lugar en el que siempre había soñado trabajar. Allí me había encontrado con pacientes con los más extraños trastornos, pero de entre todos ellos no había conseguido encontrar nada que suscitase mi interés de igual modo que lo hacía el suicidio, nada que me inquietase tanto como el oscuro y desconocido impulso que era capaz de empujar a una persona a desear quitarse la vida.

Por ese motivo, desde el mismo instante en que comenzó mi vida laboral, consagré la mayor parte de mi tiempo a estudiar e investigar sobre ello. Desde ese primer día comencé a escribir un diario en el que nunca fallé a anotar mis inquietudes y descubrimientos, un diario que comenzó como un mero capricho y pasatiempos pero que ha acabado por convertirse en un extenso trabajo compuesto por más de cinco cuadernos y que habréis encontrado junto a esta carta. Desde el mismo instante en que comenzó mi vida laboral mostré un gran interés y una desmedida preocupación por aquellos pacientes que ingresaban tras un fallido intento de suicidio y por aquellos que mostraban claras tendencias a querer llevarlo a cabo. Pocos meses tardé en especializarme en este tipo de pacientes y pronto fui el único médico del hospital en tratarlos. No sabría decir cuanto tiempo pasé con cada uno de ellos, pues cuando acababa mi jornada los buscaba y pasaba horas con ellos simplemente hablando. Quería conocerlos, quería saberlo todo de ellos para intentar desvelar ese misterio que me torturaba y me quitaba el sueño. Todas y cada una de esas conversaciones están anotadas en mi diario, todos los datos de cada paciente, las peculiaridades de cada caso e incluso mis propias, e ingenuas, teorías al respecto. Durante años seguí investigando incansable, durante años consagré mi vida al estudio de estos pacientes y a su misteriosos trastorno, durante años fui engrosando mis conocimientos en dicho campo y acumulando datos en mi diario, durante años trabajé tenazmente sin conseguir obtener ningún a pista, nada que me ayudase a resolver ese maldito misterio.

Lo había visto todo, o al menos eso pensaba, había tratado a cientos de pacientes por ese mismo motivo. La mayoría de ellos habían estado sumergidos en un profunda depresión que había desembocado en un intento de suicidio, bien por la pérdida de un ser querido, bien tras haber sufrido un accidento o una situación traumática, o bien una depresión producida por la ingesta de ciertos fármacos empleados para tratar algunas enfermedades físicas. Unos pocos habían acabado manifestando estos intentos, en cierto modo, provocados por otro trastorno diferente, en la mayoría de los casos esquizofrenia; algunos de ellos decían oír voces, voces que tanto los impulsaban a su propia muerte como a dañar a los demás, estos últimos habían preferido suicidarse antes que arriesgarse a sucumbir al poder de sus voces y acabar dañando al algún tercero; otros se sentían observados, perseguidos y en peligro, y sumergidos en un estado de pánico había decidido suicidarse para acabar con todo. Pero de todos los paciente que traté hubo uno de ellos que me resultó especialmente curioso, era una mujer joven que aseguraba fervientemente que ya estaba muerta, que sus órganos se estaban pudriendo en su interior, y que por eso necesitaba vaciarse de sangre para que su alma consiguiera avanzar.

Estos solo son algunos de los muchos casos a los que me enfrenté, pero no voy a ponerme a hablar de ellos aquí, pues si mis investigaciones suscitan vuestro interés podéis hallarla con todo detalle en mi diario.

Cientos de pacientes pasaron por mis manos y ninguno de ellos arrojó ni un atisbo de luz sobre el misterio que perseguía, ninguno de ellos me ayudó a resolver mis inquietudes y mis dudas. En aquel momento pensé que ya lo había visto todo, pensé que el misterio al que me enfrentaba no tenía solución, y yo mismo me lo creí. Muchos años me había consagrado al estudio de dicho trastorno y en todo ese tiempo no había conseguido dar ni un solo paso para salir de la oscuridad y la incertidumbre, por lo que finalmente decidí que ya era hora de pasar página, que ya era hora de abandonar esa obsesión. Durante muchos años lo conseguí, dejé de investigar y dejé de estudiar, guardé mi diario y me dediqué únicamente a hacer que mis pacientes mejorasen.

Durante mucho tiempo todo fue así, durante mucho tiempo seguí pensando que ya lo había visto todo, durante mucho tiempo estuve equivocado, equivocado hasta que llegó ella. Es posible que si nunca la hubiese conocido yo hubiera llegado a vivir una larga vida, es posible que hubiera muerto anciano, feliz e ignorante. Pero ella entró en mi vida, llegó frágil, delicada y al mismo tiempo aterradoramente hermosa, llegó como un ángel con las alas rotas. Llegó ella, la persona más cuerda que jamás había conocido, dentro y fuera del hospital, y que sin embargo, había sido ingresada en el sanatorio. Llegó ella y en un instante me hizo ser consciente de mi error, me hizo ver que en verdad no sabía nada, que todo lo que creía haber descubierto no era siquiera la sombra de la verdad.

Recuerdo perfectamente la primera vez que la vi, yo estaba dando mi paseo matutino cuando me crucé con ella. Caminaba por su propio pie a pesar de ir embutida en una camisa de fuerza y acompañada por dos corpulentos enfermeros. La expresión de su rostro era serena, no había en ella ni un atisbo de locura, y caminaba decidida y a paso firme. Yo la observé mientras caminaba en mi dirección, pues nada en ella denotaba que este fuera su sitio, nada denotaba que debiera ingresar en el hospital. Y entonces ella me miró, me miró con sus grandes ojos claros y en ese mismo instante algo cambió dentro de mi. Esos no eran los ojos de un demente, esos no eran los ojos de alguien con un trastorno mental, esos ojos no tenían el brillo característico de la locura. Esos eran los ojos de una persona cuerda, de una persona inteligente, esos ojos eran los de alguien que poseía conocimiento y secretos que yo no llegaba ni a imaginar.

No recuerdo muy bien lo que pasó después, recuerdo que me senté en un banco a la sombra de un árbol y que entré en una especie de trance. No tengo ni la menor idea de aquello que debió pasar por mi cabeza y no se cuanto tiempo permanecí allí quieto. Una enfermera vino a buscarme y me sacó del trance, pues debía comenzar a atender a mis pacientes, yo la seguí en silencio, sin comentar con ella aquello que había sentido, sin siquiera pensarlo, pues ni a mi me parecía algo real. Decidí olvidar aquello que había parecido dominarme, decidí fingir que no había ocurrido y comencé mi trabajo como siempre hacía. Lo había sacado por completo de mi cabeza cuando entré en una sala en la que estaba ella esperándome, yo era su médico, lo que significaba que esa bella mujer había intentado suicidarse.

Cuando la vi allí sentada esperándome me quedé helado, tal cual me había pasado esa mañana en los jardines, y durante un buen rato no fui capaz de moverme, durante un buen rato que ella permaneció inmóvil observándome con sus grandes ojos claros. Al fin fui capaz de recobrar la compostura y comencé la consulta como tenía costumbre, fui haciéndole las mismas preguntas rutinarias a las que ella contestó de forma vaga y vacía. No necesité más de dos minutos para entender que no quería hablar conmigo, que no quería mi ayuda y que, por ende, no tenía intención de desvelarme sus secretos. Las dos horas de consulta pasaron, pasaron lentas y tortuosas, pues sus bellos ojos desbordantes de cordura me desconcentraban, las dos horas pasaron y yo había conseguido averiguar de ella poco más que el nombre. Esa misma tarde la busqué, quería hablar más con ella, quería conocerla de igual modo que había hecho con mis pacientes tiempo atrás. Pero no importaba lo que le preguntara, ella no me contaba nada. Esa misma noche saqué mi diario del que había sido el lugar de su largo confinamiento y una vez más me dispuse a escribir en él.

Los días pasaban convirtiéndose en semanas, convirtiéndose en meses, y por más que me esforzase no conseguía avanzar ni un mísero paso con ella. No importaba cuantas horas pasase haciéndole compañía, no solo durante las consultas sino también durante las largas tardes que pasaba sentada junto a la ventana oteando nostálgica el exterior; no importaba qué le preguntase ni la forma en la que lo hiciese, sus respuestas siempre eran las mismas: “No lo se”, “Me temo que eso no es de vuestra incumbencia” o “Creedme Doctor, vos no deseáis saber eso”.

Estaba cansado, realmente estaba cansado de no conseguir nada, pero no pensaba rendirme, ella había hecho que ese interés que durante tanto tiempo me había poseído volviera, y con cada negativa, con cada respuesta disuasoria que obtenía por su parte, la curiosidad crecía en mi interior. Por lo que día tras día repetía lo mismo, día tras día le hacía las mismas preguntas sin importarme sus respuestas, pues sabía que llegaría el momento en le que ella estaría preparada para hablar.

“Se que os he preguntado esto cientos de veces y conozco perfectamente cual va a ser vuestra respuesta, pero realmente quiero saberlo, quiero saber lo que os sucedió, necesito saber lo que os sucedió.” Le dije esa tarde sentándome a su lado frente a la ventana.

“Jamás en toda mi vida he conocido ha nadie tan terco como vos, doctor. Si tanto ansiáis conocer mi historia os la contaré, pero luego no me culpéis a mi de las consecuencias que ello pueda acarrear.

Guardo pocos recuerdos de mi infancia, de hecho creo que no recuerdo nada antes de cumplir los seis años, pero a partir de ese momento lo puedo recordar todo con tanta claridad que os asustarías. Poco después de que yo cumpliera los seis años me mudé con mi familia a una gran casa de campo y allí conocí a la hija de los vecinos, la que desde entonces se convirtió en mucho más que mi mejor amiga. Ella era una niña osada y atrevida, casi tanto como yo, y por eso nos compenetramos a la perfección. Nos encantaba subirnos a los árboles, escaparnos por la noche a bañarnos en el lago y robar los caballos de mi padre para ir a galopar por el bosque, nuestras pobres madres se volvían locas de preocupación.

El tiempo pasó y nosotras crecimos juntas, juntas como hermanas, hasta que ese día llegaron a nuestros oídos los rumores sobre El Árbol. Era tan aterrador que nada más lo escuchamos volvimos a nuestras casas sin volver a comentarlo, pero a la vez era tan emocionante que ninguna de las dos pudimos dormir pensando en esa terrorífica aventura. Tres días tardamos en volver a mencionarlo, pero ese tercer día nos bastó con una mirada para saber que ambas pensábamos en lo mismo, con una sola mirada supimos que ambas deseábamos ir a buscar El Árbol sin importar cuales pudieran llegar a ser las consecuencias.

Esa misma tarde nos pusimos en camino, cogimos de nuevo los caballos de mi padre y seguimos las direcciones que habían llegado a nuestros oídos. Cabalgamos durante horas sin saber si conseguiríamos encontrarlo, sin saber si íbamos en la dirección correcta, sin saber siquiera si todo aquello no sería más que un rumor. Pero era real, todo era real, en apenas un par de horas llegamos a un lugar que encajaba a la perfección con una de las descripciones que habíamos oído. Allí atamos a los caballos y continuamos a pie, pues el terreno se volvía algo escarpado para ellos.

La emoción que sentía era tal que el poco miedo que aun hervía en mi interior se esfumó, era tal que, a pesar el largo camino, no sentía fatiga. Mis preocupaciones ahora eran otras, ¿cómo se suponía que iba a ser capaz de reconocer El Árbol, cómo iba a saber cuál era el que estábamos buscando? Mis preocupaciones eran realmente estúpidas, pues El Árbol es imposible de confundir.

Apareció ante mis ojos de pronto y yo me quedé inmóvil, no podía mover ni un solo músculo, no podía respirar y, por un instante, juraría que mi corazón dejó de latir. Ese Árbol parecía no provenir de este mundo, parecía ser un ser más antiguo incluso que la propia Tierra y más sabio que el mismísimo Dios, si es que este existe. No se cuanto tiempo pasamos traspuestas con los ojos fijos en ese magnifico ser, en ese momento perdí todo contacto con la realidad y me uní en conciencia al Árbol.

Él me lo mostró todo, me mostro la solución a todos los misterios, me mostró conocimientos que ni siquiera había alcanzado a imaginar, me mostró la verdad.

No dijimos nada ninguna de las dos, no volvimos a articular palabra; ya no era necesario, ya lo sabíamos todo, lo sabíamos todo la una de la otra, sabíamos todo lo que había por saber y sabíamos lo único que nos quedaba por hacer. Volvimos a casa en silencio y esa misma noche nos dispusimos a liberarnos.

Supongo que el resto de la historia ya os es familiar, esa noche corté mis muñecas, al igual que ella, pero sin tanta suerte. Al parecer mis cortes no fueron lo suficientemente profundos y cuando recobré la consciencia seguía con vida.”

Escuché su relato fascinado sin atreverme a pestañear, sin osar interrumpirla ni una sola vez, y cuando terminó de hablar la avasallé a preguntas, pues no había concretado nada de lo que me había contado. La avasallé a preguntas sin darle tiempo a contestar a ninguna de ellas y, cuando al fin callé, ella me habló de nuevo.

“Esto es todo lo que os voy a contar Doctor, podríais pasar cien años a mi vera frente a esta ventana, repitiendo esas preguntas tarde tras tarde, mas no lograríais que os dijese nada.”

Esa tarde me retiré, había descubierto mucho más de lo que imaginada en unas horas y debía apuntarlo todo en mi diario antes de que se me olvidase algún detalle, por pequeño que este fuese.

Y los días pasaron convirtiéndose en semanas, convirtiéndose en meses, y ni una sola tarde transcurrió sin que yo me sentase a su lado repitiendo las mismas preguntas para las que nunca obtenía respuesta. Ni una sola tarde pasó sin que yo investigase por mi cuenta, desesperado por encontrar algo relacionado con ese misterioso Árbol que ella había mencionado, y ni una sola tarde fue productiva, pues no había información sobre Él en ningún sitio, era como si no existiese.

Estaba cansado, cansado de perder el tiempo sin conseguir descubrir nada, estaba desesperado, desesperado por encontrar la solución a ese misterio. Finalmente llegó una tarde que no pude más, me acerqué a ella y le pregunté una vez más, me acerqué a ella y le dije que si resolvía todas mis dudas me encargaría de que fuese puesta en libertad la mañana siguiente. Sabía perfectamente que si ella salía del hospital lo intentaría de nuevo, sabía que si ella salía intentaría suicidarse por segunda vez, y sabía que esta vez no fallaría; pero necesitaba conocer los secretos que me ocultaba.

Ella aceptó, me lo contó todo, respondió a todas mis preguntas e incluso me dibujó un mapa. Ella me escuchó paciente y relató vez tras vez las mismas palabras esperando a que yo las anotase, y solo cuando acabó me dijo algo en un tono melancólico y dulce:

“Parecéis un hombre feliz y satisfecho. Si apreciáis vuestra vida, si sois prudente, olvidareis todo lo que os he dicho y luchareis por seguir adelante aunque sea en la ignorancia, si no lo hacéis me temo que acabareis siguiendo mis pasos.”

Ella habló de cosas que me fascinaron, habló de las respuestas a los misterios que, durante tanto tiempo, había perseguido, y yo cumplí mi parte. Esta tarde firmé todos los papeles para darle el alta, y a la mañana siguiente ambos abandonamos el hospital casi a la vez, ella habiendo recuperado su libertad y yo en un día libre que pensaba emplear para buscar El Árbol.

Llevé conmigo toda la información que pensé que podría necesitar, cargué hojas de apuntes que había redactado sobre el tema, cargué el mapa y todos los dibujos que ella había realizado la tarde anterior, y llevé un pequeño cuaderno y un lápiz con el que poder escribir. Metí todo cuanto consideré necesario en un maletín y empecé mi camino.

Seguí las instrucciones que ella me había dado, seguí el camino que me había marcado en el mapa para descubrir que lo había plasmado con una perfección minuciosa. Cada cruce, cada arroyo, cada desvió del camino, todo estaba marcado en el mapa como si de una fotografía se tratase. Y poco a poco, conforme fui avanzando, fui descubriendo todos los escenarios que ella me había dibujado.

El plano terreno del tupido bosque se interrumpía de golpe para dar paso a los caminos que llevaban a lo alto de la montaña, allí los árboles crecían en un terreno casi vertical tanto arriba como abajo del pequeño sendero que marcaba el camino a seguir junto a un precipicio. Y, a tramos, podía ver pequeñas cascadas de agua dulce que se escapaban de la pared de la montaña para acabar formando el rio a sus faldas. Caminé asegurando todos mis pasos, estaba ansioso por llegar pero no quería arriesgarme a dar un mal paso y caer. Cuando alcancé lo más alto busqué la entrada de la cueva que ella había dibujado, de la cueva que guarda en su interior a aquel al que llamaban El Árbol del Ahorcado, o El Árbol del Diablo. Me detuve en la entrada de la gruta, invadido por las mismas dudas que ella me había descrito un tiempo atrás, pues no estaba seguro de poder distinguir el Árbol en cuestión y ella se había negado en rotundo a dibujarlo ni describirlo.

Respiré hondo y me adentré en la oscuridad de la cueva, dando paso tras paso a pesar de que pronto dejé de ver ni oír nada. Caminé a tientas sin detenerme, sin titubear ni disminuir el paso, caminé hasta que pude ver una tenue luz en la distancia que me marcaba la dirección. Caminé sin detenerme hasta que El Árbol apareció ante mis ojos.

Nada de lo que ella pudo describir, nada de lo que yo pude imaginar, fue capaz de aproximarse siquiera a aquello que había ante mi. No cabía duda de que aquello realmente parecía ser un árbol, mas la energía que emitía era muy distinta y no pude evitar pensar lo mismo que ella. Aquello no era un mero árbol, aquello era otro ser, un ser antiguo e inimaginablemente sabio, un ser eterno poseedor de todo el conocimiento del universo que había estado allí mucho antes de que existiera la Tierra y que allí seguiría cuando esta desapareciese.

Nada más lo vi me quedé paralizado, mi cuerpo dejó de responder a mi voluntad, mis pulmones dejaron de introducir aire en su interior y podría jurar que mi corazón dejó de latir. Me quedé allí, traspuesto con la mirada clavada en ese extraño ser y, poco a poco, fui perdiendo contacto con la realidad para entrar en harmonía con El Árbol. Él me lo mostró todo, me mostró las respuestas al misterio que durante tanto tiempo me había atormentado, me mostró saberes que jamás habría imaginado alcanzar, me mostró la verdad. Y entonces comprendí lo ignorante que había sido, comprendí lo insignificantes que habían sido mis preocupaciones hasta el momento. Ahora que poseía un conocimiento infinito, ahora que era poseedor de la verdad, comprendí que lo único que me quedaba por hacer era liberarme.

Cuando el árbol me liberó y volví a la realidad recogí mis cosas y regresé por el mismo camino. Caminé en silencio disfrutando del nuevo conocimiento que había adquirido y, ya de noche, llegué al hospital, donde me dijeron que ella había muerto, que se había suicidado. Lejos de sentirme culpable o apenado, pues había sido yo quien le había dado el alta, me sentí feliz por ella, pues ahora yo sentía lo mismo que ella había estado sintiendo durante todo este tiempo, ahora yo sentía la misma necesidad de liberarme, y me alegré de que ella ya lo hubiera conseguido.

 

Esa noche es hoy mismo, esta noche me encuentro encerrado en mi despacho. No he anotado nada de lo que he descubierto en mi diario, pues ya no me hace falta, en su lugar estoy escribiendo esta carta para que vos, que me leéis, podáis conocer mi historia. Si sentís interés por lo que yo descubrí, si deseáis descubrir todas las verdades del universo, podréis encontrar el mapa que ella dibujó entre las páginas de uno de los tomos de mi diario. Pero al igual que ella me advirtió me veo obligado a advertiros yo:

Si sois feliz y estáis satisfecho con vuestra vida quemad esta carta y olvidad todo lo que en ella habéis leído, pues si no lo hacéis me temo que, inevitablemente, acabareis siguiendo mis propios pasos.

 

 

Dr. J. P. Laarson


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