Bilbao en cuatro días

Bilbao en cuatro días

Como buen viaje improvisado que fue, no tuvimos tiempo de comprar billetes de avión sin tener que vender un par de riñones y un cacho del hígado, así que no nos quedó más remedio que emprender un terrible viaje en bus de ocho horas. No es de extrañar que el miércoles por la mañana, cuando llegamos, cayéramos rendidos y nos consintiéramos un par de horitas de sueño.

Pero ese no fue un día perdido. Tras un breve paseo por el pueblo en el que nos alojábamos y una rápida comida nos fuimos directos a Bilbao y lo primero que hicimos fue perdernos por el “barrio heavy” y cargar algunas cositas que en Valencia son difíciles de encontrar.

Para terminar el día subimos en teleférico al mirador de Artxanda, donde pudimos ver la cuidad entera y perdernos un poquito por el bosquecillo. Y, como no, para cenar un par de pintxos.

 

 

A la mañana siguiente nos levantamos temprano y nos fuimos directos a la Arboleda, pero de esto ya he hablado en la entrada “La naturaleza de Bilbao”.

 

De cualquier forma, el día no terminó ahí, después de comer nos fuimos al puente colgante de Portugalete y, no se como, me dejé convencer para cruzar la ría en barco. Aquí fue donde probé las famosas cebolletas y pepinillos vascos que, como podéis imaginar teniendo en cuenta que esta gente arrastra pedruscos gigantes por diversión, eran enormes.

 

 

Esa noche al fin pude ver los cientos de garitos del rollo de los que tanto me había hablado Jon, aunque al final entramos solo en uno, Babylon. Era un sitio pequeño y oscuro con música metal y gótica bien fuerte y con un servicio excelente. Daba gusto ver como los camareros disfrutaban y vivían la música y más gusto dio cuando se enteró de que éramos de Valencia y descorchó una botella de vino y abrió botellines de cristal de Coca-Cola para hacernos calimochos de verdad. No es de extrañar que nos sintiéramos tan cómodos como para no tener la necesidad ni la curiosidad de salir a buscar otro pub.

El viernes nos costó un poquito levantarnos, pues la noche en el Babylon se había alargado algo más de lo que habíamos planeado, pero nada más estuvimos dispuestos salimos a pasear por otra zona de Bilbao; esa día nos tocaba improvisar plan. Comimos en un asiático vegano, y visitamos el Museo de Bellas Artes de Bilbao (podéis leer sobre él aquí). Por la tarde recorrimos la ría para ir a ver a unos familiares de Jon, pasando por unos lugares preciosos y por otros más bien escalofriantes.

 

 

Estábamos algo cansados, pero teníamos la noche libre. ¿Adivináis que hicimos? Rumbo al Babylon una vez más. Por desgracia no pasamos toda la noche allí, eran las fiestas de Bilbao y, por algún motivo que ninguno de los dos comprendemos, nos dejamos convencer para salir un poco por la zona de fiesta. No llevaba reloj y no me quedaba batería, pero puedo asegurar que no aguantamos allí más de una hora.

El sábado ya era nuestro último día y con mucha pena recogimos nuestras cosas cuando conseguimos levantarnos de la cama y, después de comer, regresamos al centro por última vez pues teníamos entradas para el Gugenheim (podéis leer sobre él aquí). Dimos un último paseíto por el “barrio heavy” en el que tuvimos la suerte de encontrar un bar de pintxos veganos y, sin más remedio volvimos al bus a emprender el martirio del viaje de vuelta.

Bilbao es realmente precioso, pero una cosa tengo más que clara: ¡NO VUELVO A VIAJAR EN AUTOBÚS!

 


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