El Rey de los Caídos – Capítulo 1

20. marzo 2020 Novela 0
El Rey de los Caídos – Capítulo 1

Al fin os traigo el siguiente capítulo mi primera novela El Rey de los Caídos. Si no habéis leído el anterior podéis encontrarlos en el apartado  Novela del menú de cabecera del blog. Si os suscribís os llegará un correo cada vez que suba un post y así no os perderéis ningún capítulo.

Escribid en los comentarios vuestra impresiones de la historia, me encantaría saber vuestra opinión.

Espero que os guste!

 


El Rey de los Caídos

Capítulo 1

 

Abrí los ojos sobresaltada y pestañeé varias veces, pero por más que lo intentaba no conseguía ver nada. Me quedé muy quieta en la misma posición en la que me había despertado sin atreverme siquiera a respirar. Estaba asustada y confundida, demasiado adormecida como para poder pensar con claridad. Muy lentamente fui tomando contacto con la realidad. Todo había sido un sueño, el mismo horrible sueño que me había atormentado tantas noches. Me incorporé en la cama cuando mis ojos se hubieron acostumbrado a la oscuridad y observé aliviada mi dormitorio. Al fin me levanté y, tras encender la luz, me planté frente al espejo estudiando mi reflejo. Clavé mi vista en la gran mancha morada de mi vientre y pasé la mano sobre ella con delicadeza. Aquel horrible sueño nunca había sucedido y nunca iba a suceder y, sin embargo, se me antojaba tan real que al despertar me costaba desprenderme del amargo sentimiento que se aferraba a mis entrañas.

Era temprano, me tomé mi tiempo para recorrer cada rincón de la casa y grabar en mi mente esa imagen de cómoda cotidianeidad. Había llegado el día y sabía que iba a pasar mucho tiempo hasta que pudiera regresar.

 

El sol se alzaba ya en lo más alto del cielo, haciendo que ese viernes de septiembre fuera especialmente caluroso. Era el primer día del curso y, como mandaba la tradición, todos los estudiantes de Bellas Artes nos encaminábamos ya a terminar los preparativos para la exposición de bienvenida. El espacio habilitado estaba preparado y lo único que faltaba era que cada estudiante colocase sus dos obras. No era muy difícil y, aun así, el caos reinaba por doquier, como cada año.

En una carrera como Bellas Artes, las exposiciones no son actos extraordinarios; de echo me atrevería a decir que salimos a más de una al mes. Sin embargo, ninguna es tan importante como esta. El trabajo del año anterior podía verse premiado con reconocimiento mundial y presencia en los museos modernos más famosos. En otras palabras, ofrecía la posibilidad de cumplir el onírico sueño de vivir del arte.

Yo llevaba dos lienzos en los que había estado trabajando todo el verano. Las escenas que en ellos se reflejaban estaban grabadas a fuego en mi memoria. Las había pintado mil veces, pero el estilo post-impresionista que las caracterizaba esta vez me gustaba en especial, las hacía etéreas como los sueños.

Un paisaje muerto era el protagonista de uno de los cuadros. Las ruinas del que fue un majestuoso castillo se mezclaban con las lápidas de un cementerio olvidado, ambos sometidos a la misma suerte de ser devorados por la naturaleza. Contemplé el cuadro con nostalgia mientras lo colocaba sobre su bastidor. Cada vez que lo miraba me sentía transportada a ese añorado y maldito lugar, sentía que el suelo de una tumba con mi nombre se habría bajo mis pies. De nuevo en casa. El otro cuadro era radicalmente distinto, lo único que compartían era el estilo. En él, un ángel y un demonio luchaban por el alma de una joven mortal.

Era consciente de que mi estilo pictórico se consideraba desfasado, pero yo no quería fama, no podía correr el riesgo de que se me llegara a reconocer fuera del pequeño círculo en el que me movía.

Yo había acabado pero los dioses del caos estarían orgullosos del barullo que reinaba a mi alrededor. Paseé por la sala intentando evitar a los estudiantes que corrían atolondrados y a los que movían largos biombos sin prestar atención del resto del mundo, mientras buscaba sin éxito alguna obra, aunque solo fuera una, que valiera mínimamente la pena. La palabra arte había perdido su significado fagocitada por una burda exposición de habilidad técnica. Me llevó un buen rato, pero al fin conseguí toparme con algo que rompía la norma, la técnica era claramente mejorable pero el sentimiento no había sido sacrificado. Las escenas macabras que representaba consiguieron erizarme el vello, su dueña tenía que ser una de las Elegidas.

–Recuerda que tienes que comer –estaba tan absorta en mis pensamiento que no me di cuenta de que Dan estaba a mi lado hasta que habló.

–¿Sabes quién los ha pintado? –le pregunté tras coger a el bocadillo meticulosamente envuelto que me había ofrecido.

–Creo que son de Claudine, es una chica de primer curso. ¿Inquietantes verdad?

–Más inquietante me resulta que seas capaz de conocer a los de primero si a penas llevan aquí un día –le dije entre risas– ¿Podrías decirme quién es?

Salimos de la sala y nos dejamos caer en el césped bajo la sombra de un árbol para comer. Una vez acomodados Dan alzó su brazo para señalar a una chica que estaba leyendo no muy lejos de donde nosotros estábamos. Ella era Claudine. La miré con disimulo procurando grabar sus rasgos en mi mente sin que Dan se percatase del interés que me suscitaba.

Por la mañana había estado realmente nerviosa. Todo dependía de que yo hiciera bien mi trabajo y, aunque jamás había fallado, la semilla de la duda siempre me atenazaba. Ahora que la había encontrado ya podía respirar más tranquila, solo tenía que seguirla para dar con el Enviado.

Al terminar de comer volvimos a la sala de la exposición siguiendo a Claudine, ya estaba todo listo y lleno de gente. Me despedí de Dan y me mezclé con la multitud para pasar desapercibida mientras observaba a la chica. Ninguno de los presentes parecía ser el Enviado, no podía sentir su aura de loca maldad. ¿Y si me había equivocado? ¿Y si Claudine no era quien yo pensaba ni este era el lugar? Era consciente de que si había cometido un error morirían chicas inocentes. El gran reloj que había en la entrada marcaba las seis, me estaba quedando sin tiempo.

–¡Por favor! Escúchenme –la voz del decano destacó sobre el murmullo constante que se había apoderado del lugar–. Quería agradecerles una vez más el interés que han mostrado por nuestra exposición. Esperamos que disfruten de las obras de nuestros alumnos. Los cuatro miembros del jurado van a entrar a la sala, les rogamos que no interfieran con su trabajo.

Estaba demasiado ocupada preocupándome como para prestarle atención, pero dijo algo que me cogió por sorpresa: los miembros del jurado eran tres, siempre habían sido tres. La emoción creciente que hervía en mi pecho me hizo girarme como impulsada por un resorte. El Enviado estaba allí, de pie junto al decano, regalándonos una media sonrisa aterradora de dientes pequeños y amarillos. El hombre paseó por la sala sin prestar atención a lo que veía, sus ojos saltones no hallaban interés en el arte, sino en las chicas. Era repugnante. Cuando se cruzó con Claudine la expresión de su rostro cambió, se paró delante de sus cuadros y, sin perder el tiempo, entabló conversación.

–¿Eres tú la artista que ha creado semejantes maravillas? –sus palabras grandilocuentes comenzaron a obrar efecto y Claudine asintió con timidez– ¿Hay algo de trasfondo en tus obras o es por mero gusto estético?

–¿Qué sentido tendría una obra de arte y si no fuese hecha con un fragmento del alma del artista? –ella coqueteó con el pelo antes de contestar, no sabía cómo pero el Enviado nunca tenía problemas para engatusarlas.

El hombre miró los cuadros una vez más antes de coger a Claudine del hombro para guiarla a un apartado donde poder hablar en privado con ella. Así se aseguraba de que oídos curiosos, como los míos, no se inmiscuían en sus asuntos. Los seguí con precaución, guardando las distancias en todo momento.

–Por desgracia no está en mis manos convertirte en la ganadora, aunque a mi parecer nadie lo merece más. Sin embargo, puedo ofrecerte algo mucho mejor –dobló su espigada figura en un curva imposible para que sus ojos y los de ella estuvieran a la misma altura–. ¿Quieres servir a un Caído? ¿Quieres ser suya para toda la eternidad, ser la elegida que engendrará a su prole?

–¿Un Caído? –preguntó perpleja, pero sin poder ocultar su creciente interés.

–Un Caído, un ángel Oscuro –le aclaró, ella asintió inconscientemente sin caber en sí de asombro–. Muy bien, sígueme.

Ambos caminaron hacia la salida sin que nadie se percatase de lo extraño de su comportamiento y yo los seguí esforzándome por que no me vieran antes de tiempo.

–¡Selene! Te estaba buscando –Dan me encontró en el peor momento, justo cuando estaba a punto de salir por la puerta–. Los jueces llevan un buen rato parados delante de uno de tus cuadros.

–Dan, lo siento, pero ahora no tengo tiempo para eso.

–Pero puede que ganes, están preguntando por ti.

–He dicho que no puedo –repetí algo enfadada tras dar un tirón para que me soltase.

–Pero si es lo que todos aquí deseamos.

–Pero yo no y ahora no tengo tiempo de explicártelo.

Salí corriendo sin darle más explicaciones. Los había perdido y no podía permitirme ni un segundo más de tiempo. Crucé los jardines con Dan pisándome los talones hasta que volví a tenerlos a la vista. Ya no estaban solos, ocho chicas más los acompañaban y escuchaban con atención lo que el Enviado les estaba contando.

–¿Qué pasa? ¿Qué están haciendo? –preguntó Dan cuando se cogieron de las manos formando un gran círculo.

–Quédate aquí y no hagas ruido. Y pase lo que pase no me sigas.

Los diez ya daban vueltas en el círculo cuando los alcancé y me uní a ellos. Para mi sorpresa no fui la única, justo detrás de mí llegó Dan y se aferró con fuerza a mi mano derecha. No podía evitarlo y, por muy enfadada que estuviera, sabía que era culpa mía por no haber sido lo bastante cuidadosa.

–Parece que tenemos dos voluntarios más –dijo el Enviado riéndose a carcajadas.

Girábamos sin parar con las manos enlazadas siguiendo el recorrido que nos marcaban unas runas rojas pintadas en el suelo. Un fuerte olor a sangre nos envolvía y, con cada vuelta que dábamos, contribuía a acrecentar la sensación de mareo. Nos movíamos en torno a una estrella asimétrica de nueve puntas, una para dar paso a cada una de las elegidas originales; solo había nueve puntas y solo nueve podrían pasar.

El Enviado comenzó su cántico siniestro recitando las palabras inscritas en el círculo que rodeaba la estrella. Las repitió sin descanso, alzando su voz un poco más cada vez que empezaba de nuevo. Hablaba en trance con los ojos en blanco mientras la sangre se escapaba de su cuerpo por las heridas que había abierto para dibujar las runas. Una a una las chicas se introdujeron en el trance y se unieron a su cántico siniestro, incluso Dan se vio arrastrado a ello.

No tuvimos que esperar mucho antes de que la sangre que pintaba el suelo lo resquebrajase como si fuera ácido dando lugar a unas hondas grietas que acabaron por rodearnos. Una luz rojiza salió de la tierra y se nos tragó en su interior. El suelo desapareció bajo mis pies, pero aún podía sentir como seguíamos girando cada vez más rápido. El Enviado no se callaba y todas sus acólitas lo imitaban, pero el fuerte viento que se levantó resonó con tanta fuerza en mis oídos que acabó acallando sus voces. Cerré los ojos, apreté con fuerza la mano de Dan y me dejé llevar.

 

Todo acabó tan súbitamente que me costó reaccionar cuando mis pies volvieron a posarse sobre el suelo. Ya no había viento ni voces que recitaran a coro palabras prohibidas, ya no había runas de sangre en el suelo, en su lugar, las otras ocho personas que habían conseguido cruzar conmigo yacían inconscientes sobre un grandísimo charco de sangre. Busqué a Dan sin poder aplacar el pánico que me invadía, estaba allí y estaba vivo, Claudine también había conseguido cruzar.

La estancia a la que habíamos ido a parar me resultaba especialmente familiar, era muy amplia y el mármol del suelo reflejaba cada rayo de luz que se colaba por los grandes ventanales que ocupaban una de las paredes; la otra pared estaba repleta de puertas. En la esquina opuesta a la que habíamos ido a parar había un piano de cola negro como el ébano.

Di unos pasos hacia atrás intentando averiguar de donde provenía esa sensación de familiaridad cuando choqué con un pequeño pilar e hice caer un jarrón que hacía equilibrios obre el mismo. La porcelana se rompió en mil pedazos e hizo un ruido tal que podría haber despertado a cada demonio que durmiera oculto en la mansión. El estruendo me petrificó, mi intención había sido pasar desapercibida.

Una de las puertas se abrió segundos después y por ella entró un hombre joven que aparentaba unos pocos años más que yo. Sus ojos verdes se cruzaron con los míos y ya no fui capaz de quitarle la vista de encima. Lo conocía, tenía que conocerlo pues su mirada salvaje no me era extraña, pero no conseguía recordarlo. Se acercó lentamente hacia mí, contoneando su fina figura como si fuese una serpiente; se me acercó hasta que nuestros cuerpos se tocaron y tuve que mirar hacia arriba para poder mantenerle la mirada. Su melena negra cayó sobre mi rostro trayéndome un curioso olor a fuego y canela que golpeó con insistencia los muros de mi memoria. Tenía que conocerlo de algo, me resultaba demasiado familiar, pero no conseguía recordarlo.

–Lamento lo del jarrón –miré al suelo e intenté fingir normalidad.

–No te preocupes, ni siquiera recordaba que estuviera ahí –sostuvo mi barbilla para obligarme a mirarle–. ¿Cómo es que tú no te has desmayado?

–No lo sé –mentí.

–¿Cómo te llamas?

–Selene.

No era la única que se esforzaba por mantener una fachada de tranquilidad en esa situación surrealista, él hacía lo mismo y su máscara titubeó al oír mi nombre. Abrió los ojos casi imperceptiblemente en expresión de asombro, se alejó de mí unos pasos y se sumió en un incómodo silencio que fagocitó la sala entera.

–Hay mucha sangre –comentó al fin.

–Varias personas tendrían que haberse desangrado para generar semejante charco –no pude morderme la lengua.

–¿Cuántas en concreto?

–Yo diría que tres.

–Tres… –dijo pensativo– Que desgracia.

–No me has dicho tu nombre –le pregunté al ver que volvía a quedarse en silencio.

–Soy William. Siéntete como en tu casa, Selene.

William era un nombre común y, aun así, escucharlo me dejó helada. Sentí un fuerte pinchazo en el corazón, como si una daga afilada lo hubiera atravesado, y tuve que luchar contra las lágrimas que pretendían escaparse formando un río.

Soltó mi barbilla para apoyar los brazos sobre la pared contra la que me tenía atrapada y acercarse aún más. Pude sentir su calmada respiración sobre mi rostro y el frío tacto de sus labios que se deslizaban lentamente desde mi mejilla hasta mi cuello. Mi corazón latía alocado en mi pecho, martilleando con tanta fuerza que estaba segura de que él podía sentir los latidos en sus costillas. Sabía qué era William y lo que iba a hacer y sin embargo me costaba reprimir el impulso de hundirme en sus brazos, de devolver sus caricias y probar sus labios. Se tomó su tiempo recreándose en cada caricia y, tan súbitamente como había empezado, se alejó de mí y regresó dando grandes zancadas a la puerta por la que había entrado. Yo me quedé allí, mirándolo, demasiado alterada como para mover un solo músculo.

–Hueles bien –dijo con dulzura justo bajo el marco de la puerta.

Desapareció tras la misma puerta por la que había entrado. Me quedé inmóvil sintiendo como la confusión me oprimía el pecho y la soledad empezaba a pesar sobre mis hombros. Se podía decir que yo era una profesional en todo aquello, respiré con los ojos cerrados hasta que conseguí calmarme y centré mi atención en los otros ocho. Seguían inconscientes y durante un buen rato me afané, sin éxito, en intentar que Dan  recuperase el conocimiento.

No podía hacer nada más que esperar. No quería salir del gran salón yo sola pero tampoco podía quedarme allí quieta sin hacer nada, la extrema quietud que lo invadía todo acabaría engulléndome. Las lagrimas que durante años había conseguido retener inundaban ahora mis ojos y no pude hacer más que dejarlas salir mientras me encaminaba hacia el piano que antes me había llamado la atención. Hacía siglos que no tocaba, pero también que no lloraba. Me senté y empecé presionar las teclas sin luchar por entender qué era lo que me estaba sucediendo.


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