El Rey de los Caídos – Capítulo 2

26. marzo 2020 Novela 0
El Rey de los Caídos – Capítulo 2

Aquí está el siguiente capítulo mi primera novela El Rey de los Caídos. Si no habéis leído los anterior podéis encontrarlos en el apartado  Novela del menú de cabecera del blog.

Escribid en los comentarios vuestra impresiones de la historia, me encantaría saber vuestra opinión.

Espero que os guste!

 


El Rey de los Caídos

Capítulo 2

 

No recuerdo cuanto tiempo estuve sentada frente a ese piano arrancando de sus teclas una melodía tras otra pero pasaron horas, más de un día y una noche y, posiblemente, más de dos. Toqué todo aquello de lo que fui capaz de acordarme en unas circunstancias como aquellas, aunque únicamente fui consciente al principio pues pronto mi mente se quedó en blanco, mi cuerpo se volvió rígido y mis dedos se movieron por inercia pulsando las mismas teclas que tantas otras veces había pulsado en el pasado.

Las Elegidas despertaron. En algún lugar de mi mente era consciente de que se me acercaban y me hablaban, pero yo estaba demasiado absorta en la música como para prestarles atención; mi cuerpo estaba allí presente, pero mi mente había volado a un lugar muy lejano del que no quería regresar. Las podía ver moverse en torno a mí como si sus cuerpos fuesen borrosas manchas translucidas y sus voces se me antojaban murmullos lejanos, tanto que no era capaz de afirmar si eran reales o solo espectros creados por mi desmedida imaginación.

Finalmente Dan se despertó de su profundo letargo y solo dejé de tocar cuando fue él quien se me acercó.

–No haces muy buena cara –me dijo preocupado.

Me cogió de los hombros y me llevó frente a un espejo y me dejó sola para que contemplara al ente fantasmal que me devolvía la mirada desde el otro lado.

La preocupación de Dan me había parecido desmedida al principio, pero ahora que contemplaba mi reflejó llegué a compartirla. Mi piel se había tornado completamente blanca y hasta las pequeñas pecas que cubrían mi nariz y parte de mis mejillas habían perdido su suave color; tan blanca que las venas que la surcaban bajo su superficie dejaban un rastro azulado a su camino y me conferían un aspecto sobrenatural. Unas ojeras violáceas enmarcaban el azul de mis ojos haciendo que las negras pestañas contrastasen aún más con el tono de mi piel. Pero eso no era lo importante, mis dedos sangraban por el incesante contacto con las teclas del piano.

–¿Qué ha pasado? –me preguntó Dan al fin tras esperar a que yo misma consiguiera asimilarlo todo y organizara mis propios pensamientos.

–No estoy segura, no me acuerdo bien –contesté mirándole desconcertada–. Todos perdisteis el conocimiento y vino él –hice un esfuerzo recordar algo a parte de los ojos esmeralda de William–. No se cuánto tiempo ha pasado.

–¿Él? ¿Quién es él? –me preguntó Claudine sin prestar atención a nada más de lo que había dicho, apartando a los demás del medio para acercárseme.

–Se llama William, es nuestro anfitrión.

–¿El Caído? –me preguntó de nuevo sin dejarme a penas hablar y acercándose aun más.

–No lo se.

–¿Y qué te dijo? –insistió.

Estaba agotada y mi cabeza estaba a punto de estallar. No tenía por que soportar la forma en que me estaban rodando como si fuera su presa y clavaban sus ojos ansiosos en mí. Las aparté a empujones de mi camino y, sin dedicarles ni una palabra, abandoné la sala por la misma puerta que usó William días atrás.

Un siniestro pasillo alargado que no llevaba a ningún lugar apareció ante mis ojos, estaba repleto de puertas idénticas en toda su extensión dejando entre ellas el espacio suficiente para albergar los candelabros que iluminaban la estancia. Una vez allí abrí la primera puerta que alcancé y la crucé antes de que ninguna de las Elegidas pudiera seguirme. Fui a parar a un pasillo idéntico al anterior, pero no me tomé ni un segundo para observar el lugar, abrí la puerta más cercana y seguí avanzando sin detenerme y sin pensar en cómo iba a regresar. Caminaba inquieta con el hambre y el cansancio atenazándome. Las piernas empezaban a fallarme y la claustrofobia de aquel laberinto eterno me atacó de pronto. Crucé una última puerta con la esperanza de llegar a algún lugar pero no fue así, el mismo pasillo que había estado atravesando volvía a estar allí. Estaba agotada y perdida, no me quedaba más opción que rendirme.

Me apoyé contra la puerta que había cerrado y me deslicé hasta llegar al suelo. Cerré los ojos y me acurruqué sobre mi misma. Respiré hondo para forzarme a mantener la calma cuando oí unos pasos acercándose. No me moví, no tenía fuerzas para ello, me quedé en el suelo y alcé la cabeza para cruzarme con unos inconfundibles ojos verdes.

No fue la presencia de William lo que me sorprendió, sino el lugar en el que me encontraba. Antes de cerrar los ojos estaba atrapada entre las estrechas y claustrofóbicas paredes de un de aquellos malditos pasillos, ahora, sin embargo, estaba en una amplia biblioteca. Recorrí con los ojos toda la estancia pero no tuve tiempo de prestar atención a ningún detalle, William se acuclilló a mi lado

–Vuelves a sorprenderme pequeña –dijo mirándome fijamente–. ¿Cómo has llegado hasta aquí?

–No lo se, habría jurado que me había dejado caer en un pasillo –contesté en a penas un hilo de voz, demasiado cansada como para mostrar mi propio asombro.

–No tienes muy buen aspecto –comentó él sin intención de explicarme nada–. Deberías comer algo y descansar.

–¿No me digas? –tan cansada como estaba aun conseguí alzar una ceja y sonar sarcástica.

–Sígueme –dijo con una bonita sonrisa en el rostro.

No sabía si sus palabras eran una invitación o una orden, pero no pude darle vueltas al asunto ya que él se levantó enseguida. Intenté seguirlo, pero mi cuerpo había llegado al límite y lo único que conseguí fue tropezar y caer de costado al suelo. Su aroma a canela me embriagó cuando me alzó en volandas y me sacó de la biblioteca.

–Perdóname –no sabía por qué se disculpaba–. ¿Eres tú la que ha estado tocando el piano estos tres últimos días?

–Tres días… –susurré atónita–. No sabía que había pasado tanto tiempo, debo de haberte molestado bastante.

–No, para nada. Jamás había oído a nadie tocar así.

–Gracias –le dije haciendo un esfuerzo por sonreír.

Tres días eran mucho tiempo incluso para mí, ya entendía porqué estaba tan cansada que el mero hecho de respirar me suponía un gran esfuerzo.

William me llevó en brazos hasta un dormitorio que parecía ya estar ocupado por alguien y me dejó con delicadeza sobre la cama, pero yo hice acopio de todas las fuerzas que me quedaban y me incorporé. Él no me prestó atención, se dio la vuelta y me dejó sola, entonces caí rendida sobre la cama. No debía llevar más de diez segundos allí tumbada con los ojos cerrados cuando la puerta se abrió de nuevo, sacándome del sueño al que había estado a punto de entregarme por completo.

–Puedes estar tranquila, aquí no va a entrar nadie más que yo –dijo William–. Te he traído algo de comer.

Dejó a mi lado una bandeja de plata repleta de una gran variedad de comida, luego cogió la silla del escritorio y la arrastró por el cuarto. Se sentó frente a mí y me miró en silencio con sus intimidantes ojos verdes, esperando a que empezase a comer. No me fiaba de él por lo que me quedé quieta sosteniéndole la mirada hasta que mi estomago me delató. No comí demasiado, una punta de pan y un poco de queso, luego aparté la bandeja y volví a clavar mis ojos en los suyos con el descaro propio del agotamiento.

–¿Te gustaría darte un baño?

No me fiaba de él, pero la perspectiva de sumergirme en agua caliente me atraía de tal forma que el entusiasmo se reflejó en mi rostro. No tuve que decir nada William desapareció tras la otra puerta que había en el dormitorio e, instantes después, pode oír el sonido del agua.

–Me recuerdas mucho a alguien –dijo sentado de nuevo en la silla–. Tus ojos de hielo, tu voz… Me recuerdas tanto a ella.

–¿Quién era? –me aventuré.

–El amor de mi vida.

–¿Qué le pasó? –no fui capaz de reprimir esa estúpida pregunta ni de ocultar el rubor que había subido a mis mejillas.

–Me la arrebataron.

–Lo siento mucho.

Quería saber más, pero me aterraba seguir preguntando. Su tristeza parecía tan real que empezaba a hacerme dudar de mí misma, de mis propios recuerdos.

–No lo sientas –dijo resignado–, no creo ser el único ser del universo al que le han partido el corazón.

–Pues ahí tienes razón –susurré sin mirarle a la cara.

La bañera ya estaba llena y fue la excusa perfecta para dejar a medias la conversación incómoda. La intimidad que me proporcionaban aquellas cuatro paredes de mármol oscuro y la densa nube de vapor de agua me reconfortó. Me faltó tiempo para dejar car toda mi ropa al suelo y zambullirme en la bañera redonda que había al fondo. El mármol que conformaba la estancia parecía no tener ni principio ni fin, de forma que el suelo, las paredes, la bañera y el resto de muebles daban la impresión de estar tallados a la perfección a partir de un mismo bloque de piedra.

El aroma floral de los aceites esenciales me ayudó mágicamente a liberarme de la tensión a la vez que el cálido abrazo del agua ahuyentaba el frío anclado a mis huesos. Esa sensación tan agradable parecía completamente fuera de lugar, pero decidí disfrutarla y olvidar todo lo que me aguardaba en los meses que estaban por llegar. Desterré de mi mente las preocupaciones y esos vacíos en mi memoria que me creaban ansiedad, ya tendría tiempo para eso.

Estuve a remojo hasta que el agua empezó a perder su calor, solo entonces salí y me enrollé un una toalla caliente y almidonada y me senté a esperar a que toda el agua se escurriera de mi cuerpo y mis dedos arrugados y magullados volviesen a su estado natural.

En el extremo del banco que estaba más próximo a la puerta William había dejado varias prendas de ropa negra amontonadas, todas de hombre y todas claramente grandes para mí. Me vestí con una camisa negra que me llegaba a mitad muslo y regresé al dormitorio y al minucioso escrutinio de sus ojos vedes.

–Mañana tendrás ropa más adecuada –dijo mirándome de arriba abajo–, de momento vas a tener que conformarte con eso.

–No es problema –contesté estirando la camisa arrepentida por no haberme puesto también sus pantalones.

–Por favor, no me mires así –dijo mientras se acercaba a mí.

–¿Cómo?

–Como si fuera una criatura extraña, como si estuvieras viendo una bestia tras los barrotes de un zoo o un circo.

–No podría, al fin y al cabo aquí no hay barrotes que me mantengan a salvo del tigre, ni siquiera hay pantalones.

William estalló en una carcajada y regresó a su silla sin poder contener su risa sincera.

–Yo no soy ese tigre que temes y desde luego que no voy a morderte los tobillos por que no lleves pantalones.

–¡No son mis tobillos lo que me preocupa! –exclamé teatralmente al ver que él se lo estaba tomando a risa.

William rompió a reír de nuevo y yo aproveche para sentarme en la cama, dejando mis piernas al descubierto a propósito.

–Soy más normal de lo que puedas ser tú –dijo al fin.

Sonaba descabellado pero era cierto, aun así no pensaba darle el gusto de decirle que tenía razón.

–Normal es el último adjetivo con el que te definiría –dije distraída mientras me recostaba sobre el dintel de la cama–. Alguien normal no posee una mansión encantada, lo he visto con mis ojos asique no lo niegues; alguien normal no acoge a nueve desconocidos en su hogar sin aviso ni invitación; alguien normal no queda indiferente al pisar un charco de sangre de tres personas en el salón de su propio hogar.

–¿Entonces qué soy?

–Algunas de las que han llegado aquí conmigo dicen que eres un Caído, un ángel expulsado del Cielo.

–¿Y qué crees tú? –se sentó frente a mí en la cama y pasó su mano por mis piernas desnudas.

–¿Acaso importa?

–Sí, sí que importa.

–Yo creo que eres un demonio –respondí sin vacilar, sin apartar la mirada ni dejarme alterar por sus caricias.

–¿Y no te doy miedo? –cada segundo que pasaba lo tenía más cerca– Un demonio es peor que un tigre y siguen sin haber barrotes.

–No.

–No soy un demonio.

William zanjó la conversación pero no se alejó, se quedó de rodillas sobre mí, sin moverse ni para respirar, clavando sus ojos directos en mi alma. Levantó la mano de mi pierna para apartar un mecho de pelo que caía sobre mi cara.

–Realmente eres preciosa –susurró–. Hoy dormirás aquí, yo estaré en el sofá por si necesitas algo.

–Gracias.

–¿Gracias por qué? –me preguntó extrañado, haciendo que incluso yo me sorprendiese.

–Por todo. Por nada. No lo sé.

–No hay de qué.

La oscuridad engulló la estancia en un suspiro y me tragó en su interior. No podía ver a William pero pude escuchar con claridad como suspiraba con fuerza. Hice lo mismo, respiré profundamente hasta que conseguí calmarme un poco y luego me acurruqué entre las sábanas. Estaba confusa y conforme más lo pensaba menos sentido tenía todo. Sabía que para él todo esto no era más que un juego con un fin muy concreto y aun así temía que mi corazón hubiera vuelto a caer en su trampa. Respiré hondo una vez más y, contra todo pronóstico, me quedé dormida.

La luz del sol se coló entre las cortinas de una ventana en la que no había reparado la noche anterior y me despertó al incidir sobre mi rostro. Remoloneé un rato, hasta que recordé cual era mi situación. William estaba allí, observándome, fue lo primero que vi al abrir los ojos.

–Buenos días.

–No deberías hacer eso, es siniestro –lo ignoré.

–¿El qué?

–Mirar a la gente mientras duerme.

–¿Qué otra cosa podía hacer?

Me encogí de hombros mientras aceptaba la humeante taza que me ofrecía. Era té negro con rosas.

–¿Cómo has sabido que es mi favorito? –pregunté alzando la taza.

–No lo sabía, también es el mío –respondió alzando la suya de igual modo.

Engullí el desayuno y me cambié su ropa por un vestido negro que parecía hecho a medida. William me había dicho que podía quedarme su camisa si quería y, por un motivo que desconocía, no la había rechazado.

Caminábamos juntos por los pasillos y no podía dejar de preocuparme el hecho de que no se esfumase de forma tan súbita como había aparecido el día anterior. Si entraba conmigo al salón y las Elegidas lo veían iba a acabar pasando un mal rato, eso si tenía la suerte suficiente como para que no lo viera Dan.

–¿Vienes conmigo? –no pude resistir la pregunta.

–Aún no me he presentado formalmente al resto de mis invitados. ¿Algún problema?

–No –tardé demasiado en contestar.

–¡Oh! El qué dirán –dijo parando en seco.

–Esas chicas están desquiciadas, William, y no eres tú el que va a tener que sufrirlas.

–Con más razón aún, la mente del ser humano es fantasiosa. No necesitan verte conmigo para inventar mil historias.

Suspiré, me di la vuelta y abrí la puerta para seguir avanzando, pero esa puerta daba directa al salón. Sopesé la opción de darme la vuelta y salir corriendo, pero todos estaban allí y todos me habían visto, además William me había adelantado y tiraba de mi mano para que lo siguiera.

–Mis queridas invitadas…

William empezó a hablar con una sonrisa que murió en su rostro al ver a Dan. Guardó silencio unos segundos antes de continuar. Yo no hacía más que buscar una salida, un plan de escape. ¿Dónde estaban los charcos de sangre que se te tragaban cuando más los necesitabas?

–Ruego que me disculpéis por no haberme presentado antes. Mi nombre es William y soy vuestro anfitrión. Espero que disfrutéis de vuestra estancia y que poco a poco vayamos conociéndonos mejor. Las puertas del fondo –continuó señalando en sentido opuesto al piano– llevan a vuestras habitaciones, repartidlas como queráis. Por lo demás sentíos libres de recorrer la casa como si fuera vuestra; aunque parezca un tanto siniestra os doy mi palabra de que es completamente segura. Poneos cómodas, vais a estar aquí bastante tiempo. Por último, no os empeñéis en buscarme, será inútil. Espero que tengáis una buena estancia.

William les dedicó una hermosa aunque vacía sonrisa antes de girarse hacia mí. Quería decir algo, toda su expresión lo delataba, pero abrió la boca y antes de llegar a emitir ningún sonido la cerró y se marchó en silencio. Lo seguí con la mirada hasta que su silueta desapareció tras a puerta por la que habíamos entrado. Esperé de espaldas contando los segundos que tardaban en abordarme. Silencio. Caminé lentamente hacia el piano, pero no pude avanzar mucho.

–¿Es el Caído?

–¿Qué te ha dicho?

–¿Por qué estabas con él?

–¿Llevas puesta ropa suya?

–¿Por qué te cogía de la mano?

–¿Habéis pasado la noche juntos? –la voz de Claudine destacó entre el barullo.

 –Sé lo mismo que vosotras –mentí

No me hicieron caso, las preguntas volaban todas solapadas y el tono del interrogatorio fue subiendo hasta convertirse en un griterío. No podía entender ni una sola palabras, pero no importaba, por que no pensaba contestar.

–¡Dejadme en paz! –grité tan fuerte como me lo permitieron mis pulmones y las hice callar–. Me importáis una mierda vosotras, vuestras preguntas y vuestros estúpido ángel Caído. ¿Por qué no vais a buscarlo y me dejáis tranquila?

Salí a empujones del cerco que me rodeaba y caminé firme hasta el piano sin poder contener un par de maldiciones. Me senté y proseguí el martirio de mis dedos heridos. Ninguna de ellas dijo nada más, se marcharon hasta que solo quedó Dan.

–Selene, me tienes preocupado –dijo cuando acabé la primera pieza– . ¿Qué ha pasado?

–Nada de lo que debas preocuparte –contesté justo antes de ponerme a tocar de nuevo–. Quiero estar sola, sal a ver si encuentras una forma de huir.

–No me iré de aquí si tú te quedas.

Esperó en silencio alguna reacción por mi parte, pero yo lo ignoré. Se dio por vencido y me dejó sola al fin.

Un fuerte sentimiento de rabia se apoderó de mí por un momento y me hizo aporrear el piano con los puños. Las emociones intensas podían ser mi perdición, debía controlarme, y de pronto un mar de lágrimas fluyó de lo más hondo de mi alma y me puse a llorar desconsolada sin saber de dónde provenía la pena que me afligía. No procuré pararlas ni esperé a que el río se secase, las dejé fluir y regué con ellas mis melodías.

A partir de ahí mi vida se convirtió en una rutina: dormía comía y tocaba el piano. Al principio alguna de las elegidas se me acercaba e intentaba entablar conversación, pero con el tiempo tiraron la toalla y solo quedó Dan, que me brindó su compañía muda durante horas y horas. El tiempo pasaba y pronto me di cuenta de que me ahoga allí encerrada, me aburría, necesitaba algo más. Sin pensarlo empecé a cantar.

Los ocho entraban y salían del salón constantemente por lo que no me volví cuando se abrió la puerta, no levanté la vista del piano ni cesé en mi canto. Pero fuera quien fuera no se acercó ni se afanó por marcharse.

–¿Qué haces aquí? –pregunté al descubrir que era William.

–Me apetecía verte –se sentó a mi lado en la banqueta– y, puesto que tú no sales de aquí como hace el resto, he tenido que venir yo.

–¿Qué sentido tendría que saliera? Dijiste claramente que buscarte era inútil.

–Eso dije.

–Bueno, pues ya me has visto –estiré los dedos–. Ahora yo seguiré tocando y tú jugando al gato y el ratón con el resto.

–No estoy jugando.

–Entonces dime qué es lo que hacemos aquí.

–Tú eres distinta a las demás. Hay algo en tus ojos y en tu forma de hablar, en definitiva, en tu alma que te hace diferente y me molesta que nada de esto te importe, que no te importe yo. Es por el chico, ¿verdad?

–Eludes mi pregunta –dije muy seria.

–Y tú la mía.

–Dan solo es un amigo. No tiene nada que ver con esto ni contigo. Ahora dime qué hacemos aquí.

–No puedo.

–¡Oh! El qué dirán –el sarcasmo salió de mi boca como si fuese veneno– Mucho te importa mi opinión sobre ti.

–Y además crees que soy un demonio –rió–. Mucho peor ya no puede ser. Estáis aquí porque necesito encontrar a mi compañera, mi amante –dijo al fin.

–¿Una amante? Hay formas de conseguirla sin tener que recurrir al secuestro, pero tampoco es tan grave como para guardar secreto.

–Suena un poco raro ¿no? Ya he hablado más de lo que debía.

Había conseguido defenderme bien, el sarcasmo siempre había sido mi mejor arma, pero le bastó con una caricia para desarmarme y verme atrapada en su mirada. Sus manos se deslizaron de mi mejilla a mi cuello y cuando llegó a la  nuca tiró de mí hasta que nuestros labios se rozaron. Mi corazón se detuvo expectante a lo que iba a suceder, entonces me besó. No me aparté cuando me soltó la nuca y dejó caer sus manos sobre las mías. Me quedé mirándolo en silencio sin saber cómo debía reaccionar.

–Perdona si te he forzado, no he podido resistir más.

La expresión de su rostro parecía tan sincera que cerré los ojos y me dejé llevar. El deber se desdibujó en mi mente, quería besarlo y lo hice. Tan pronto como nuestros labios se tocaron de nuevo William me abrazó. No fue como había imaginado; fue sincero y puro, fue mágico. Le devolví el abrazo con fuerza, no quería que ese momento llegara a su fin.

Nuestras respiraciones agitadas eran lo único que sonaba en al gran sala cuando nos soltamos. Tenía que entender qué era lo que estaba pasando, tenía que dominar las emociones que hervían en mi pecho. Pero no podía.

–Si alguna vez quisieras verme no tendrías más que cruzar una puerta. No importa cuando sea, estaré esperando.

Se marchó sin esperar respuesta de mi parte y yo me quedé sola, confundida y agitada. Todo lo que había aprendido no funcionaba con William, mi razón, mi sangre fría y mi temple no funcionaban con William. Sus palabras se repetían en mi mente. Quería verle, quería estar con él un poco más y lo único que tenía que hacer era cruzar esa puerta.

Me alejé del piano, al fin y al cabo, en ese estado no iba a conseguir tocar, y abrí unos de los grandes ventanales. El viento me golpeó en la cara y la fría lluvia me hizo tomar contacto con la realidad. Mi corazón latía desbocado y no daba señales de tener intención de parar y mis labios ardían como si siguieran en contacto con los suyos. Podía estar jugando conmigo, era una posibilidad, pero no me importaba.

Salí del salón decidida, pero la puerta me llevó a un pasillo. William no estaba allí, ¿y si solo era parte de su juego? ¿y si ahora estaba diciéndole lo mismo a otra de las Elegidas? Me giré para regresar al salón pero el chirrido de una puerta que se abría a mis espaldas llamó mi atención. La puerta me condujo a la misma biblioteca a la que había llegado la anterior  vez como por arte de magia. Desde el quicio de la puerta observé con atención todo lo que no había visto: las estanterías titánicas repletas de libros, la lámpara de araña con velas negras, la reconfortante chimenea y las rosas rojas repartidas en jarrones por todas partes. Cerré la puerta a mis espaldas y caminé hacia el centro mirando al techo.

–Selene –William se levantó de su asiento frente a la chimenea y caminó a mi encuentro.

–William.

–La verdad es que no pensaba que fueras a salir a buscarme.

No hubo palabras ni actos vacíos, no hubo tiempo perdido, sostuvo mi barbilla y me besó.


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